Lo viví como se viven todos los viajes, de manera parcial, con el filtro del cristal de mi ánimo, recursos económicos, condición física, edad y compañía. Y condimentada con los sueños, imágenes preconcebidas y adelantos imaginativos que en base a las experiencias, me daban un marco mental un tanto acuoso, intangible y móvil de cómo debía llegar y actuar allá.
Suena a ensueño, paradisíaco y relajante. “Vacaciones en Acapulco” tradicionalmente se nos presentó como lo más sonado, típico y elegante de las salidas a la playa entre los mexicanos. Y digo tradicionalmente porque desde que estaba niña, hace aproximadamente cincuenta y tantos años, ese nombre estaba en las películas, telenovelas, pláticas y cultura popular. Y claro, en las pláticas de mi papá.
Después fueron famosos otros centros turísticos, pero Acapulco se quedó en la memoria colectiva.
Yo no lo conocía bien, tenía curiosidad después de lo que el Otis le hizo al puerto, un huracán fulminante que casi lo destruyó hace dos años. Y por eso me fui con Emi a estar allá.
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| Primera tarde en Acapulco, Emiliano y yo. |
De manera premeditada no vi demasiados videos ni imágenes turísticas antes de salir, sólo avizoré que habría un clima muy agradable, 30 grados máximos y 23 en la noche.
Nos fuimos en camión, conseguimos descuento los dos en ETN, que tiene unos asientos muy cómodos y corridas que llegaban directo, sin tener que hacer cambio en la CDMX, cruzarla toda hasta Tasqueña y esperar otra salida, como era antes. Ahora hay más conexiones de las ciudades lejanas con los camiones.
Salimos a las 7 de la mañana de Querétaro, llegamos a las 4 de la tarde a Acapulco, con una mochila de espalda y una bolsa de mano cada uno, con lo básico indispensable para varios días. Antes de llegar el mar, pasamos por un túnel que atravesaba un grupo de cerros urbanizados. Había qué pagar cuota para entrar el Maxitúnel y a la entrada vi rápido un puesto de información turística, para quienes fueran en coche supongo. En los cerros vi que había caminos al estilo de los pueblos italianos junto al mar, serpeantes y empinados, imaginé que con vistas espectaculares antes de llegar al otro lado de las montañas y ver el océano con su brillo único. El túnel estaba oscuro y con tráfico, tanto de ida como de vuelta.
Llegamos a la central camionera y frente a nosotros estaba el Parque Papagayo, un parque natural con muchas alberquitas, paseos pavimentados, árboles y palmeras y no, no vimos ningún papagayo, sólo chanates y palomas. Lo cruzamos acompañados de sol y humedad, y atravesamos la Costera, la calle principal que conecta y bordea toda la playa, tal y como se acostumbra en casi todas las urbes oceánicas. Llegamos a unas escaleras de concreto que descendían a la playa, cuyas olas casi no veíamos tapadas por las palapas con sillas ocupadas por turistas. Y una multitud de vendedores de todo tipo caminando en esa arena beige gruesita y brillosa, que al pisarla sonaba a piedras muy chiquitas.
Bajamos a preguntar por un baño. En el restaurant que estaba a un lado de las palapas, lo rentaban a ¡quince pesos!
Mi idea era buscar con el Google maps a los hoteles, comparar precios e ir, si era posible, caminando. Encontré varios medio cercanos, pero al hablarles, o no respetaban el precio por noche, o el telefóno estaba fuera de servicio, y era posible que el hotel también.
En un hotel que decía $699 el encargado me dio “precio” de $900 y me invitó a ir. No tenía servicio de comidas, y en cuanto a restaurant cerca, me dijo que a quince minutos caminando podía acceder a varios. Vi en el google que estaba a 20 minutos a pie y me decidí a ir hacia allá.
Lo que no sabía era que estaba ya subiendo varias cuadras en un cerro. Todo Acapulco está rodeado de cerros, sólo la costera y su parte hacia el mar está plana, y eso que aún para ir al mar siempre había qué bajar lo equivalente desde medio y hasta dos pisos de escaleras. Obvio que con vista al mar estaban todos los hoteles de lujo, de reconocidas y famosas marcas mundiales. Esas claro que estaban fuera de mi presupuesto.
Así que el Google me indicaba que faltaban tres cuadritas (casi de puras escaleras de subida) cuando paramos en una esquina a tomar aire. Ahí me abordó un señor maduro, bajito, gordito y sonriente de camisola blanca que decía “Unión de informadores turísticos de Acapulco” o algo así, y un logo bordado también. Me preguntó que si andaba buscando hotel, que él podía ayudarme. Me enseñó dos folletos de dos hoteles, con fotos muy bonitas, imaginé que serían caros. Y sí, les habló y eran a $1100 la noche. Si de por sí $900 se me había hecho mucho, así que le dije a dónde iba y me indicó que era un hotel muy feo y muy alejado de la Costera. Habló a otro hotel y me lo consiguió a 900, solo que estaba un poco lejos de donde andábamos. Me dijo que podíamos irnos en taxi, yo le dije que no (recelosa por las historias de abuso de los taxistas) y él me propuso nos fuéramos en camión, más allá de la Diana (después supe qué era) y que yo le pagara el camión. Le pregunté a él que si cobraba por sus servicios y me dijo que una propina voluntaria. Mi intuición me dijo que lo siguiera, que me dejara ayudar, y llegamos al hotel que él sugirió, que también estaba de subida pero dos cuadras chiquitas nomás, con un Oxxo en la esquina.
Era un hotel en construcción de los cuartos superiores, unos cinco pisos ya estaban terminados. Lo que noté al entrar fue que la puerta tenía de logo un caballito de mar y… una estrella de David. Detrás del estacionamiento estaba la recepción, y descansamos bien el cuerpo, dos horas después de llegar, en un cuarto en la planta baja, con vista a la cochera. Ningún cuarto tenía vista al mar, sólo a los cerros y a la limpia alberca del primer piso, que fue una bendición tenerla. Cuando nos quitamos las mochilas de la espalda, teníamos las camisetas empapadas. Yo hacía mucho que no sudaba tanto, me gusta sudar estando bien hidratada.
El promotor turístico, Ricardo se llamaba, me platicó que tiene dos hijos ya adultos, que a eso siempre se ha dedicado y que es una bendición tener turistas en Acapulco, que poco a poco la actividad se ha ido recuperando. Cuando recién salí de mi cuarto a preguntar algo a recepción, vi que le estaban pagando a don Ricardo una tercera parte de lo que pagué por adelantado por el cuarto. Me pareció un buen trato para todos. Le pregunté que si los dueños eran judíos, me dijo que sí. Y por ahí andaba un joven adulto al que llamaban con un nombre hebreo, imaginé sería como el dueño. Don Ricardo me preguntó que si tenía algo contra los judíos y le dije que no, sólo que su país está involucrado en una horrible guerra en Medio Oriente.
Me quedé pensando en cómo nos dividen las guerras, las nacionalidades, los colores. Él con su filiación nacional-religiosa, yo con mis creencias e ideologías. Él no enviaba tropas, ni mandaba cohetes. Yo no los recibía ni peleaba ningún frente. Estábamos al otro lado del mundo, él prestando un servicio e invirtiendo en un puerto que había sido azotado por un huracán, construyendo un hotel nuevo, dando empleo a muchas personas, yo necesitando alojamiento y refugio. Y además eres mexicana, Anna, nosotros estamos por la paz, no por las guerras, pensé.
Quizá como muchos israelitas, creció educado en la creencia de que ellos tienen la razón y que su dios los protege y los lleva a atacar a los “no creyentes”, “enemigos” o como se llamen, y que tienen derecho a una tierra prometida.
Yo entiendo cómo el Holocausto los llevó a buscar una tierra en dónde asentarse después de ser un pueblo errante, vinculado sólo por su cultura y no por su apego a una tierra. Pero la víctima terminó haciendo lo que le hicieron, a otros pueblos . Heridas colectivas, heredadas y no sanadas.
Afortunadamente no volví a ver al joven constructor y dueño, sólo escuchaba a veces, cuando pasaba por la recepción, que dirigía todo por teléfono. Mucho mejor, diría Emi, pues quizá después no me hubiera aguantado las ganas de preguntarle que si qué opinaba de la guerra contra Irán. O quizá me hubiera llevado una sorpresa.
