jueves, 26 de marzo de 2026

El viaje interior, el jueves pozolero con travestis y las ilusiones no cumplidas. Visita a Acapulco con Emiliano 3


Viajar a lugares desconocidos es también hacer un viaje interior, diría Nietzsche en un texto que leí mi primer día en Yautepec, en la cafetería de Alejandra. 

El viaje interior inició antes de salir, con las preguntas que me hacía sobre Acapulco, sobre todo relacionadas con el reinicio de actividades turísticas después de Otis, que yo había visto en las noticias. También tenía el plan de visitar un velero escuela de la Secretaría de Marina, que vi en una foto atracado en Acapulco y abierto a turistas, además de visitar algún museo de la cultura local. Definitivamente yo quería bañarme en el mar.

En cuanto a Emi, ese fue otro cantar. Él no quería salir, y su determinación semanas atrás de quedarse acompañado a veces por su hermano, que trabaja tiempo completo, me llevó también a varias preguntas personales. ¿Qué tanto quería estar sola sin Emi? ¿Qué tan viables eran mis fantasías de viajar sola por el mundo no conocido dentro y fuera de mi país? Me pareció apropiado el momento, ya que Emi estaba decidido a no salir. Le pregunté que si qué haría solo: hacerse solo de comer, a pasear al perro, ver la tele sin interrupciones, platicar con sus gallinas, irse  en camión a nadar o al cine.  Para tratar de convencer a Emi de irse conmigo, le dije que seguramente habría caballos qué cabalgar en la playa.

Pero no lo convencía, y la fecha de salida se acercaba. Pensé que era un signo de madurez de Emi querer pasar unos días lejos de mí, pues ya tiene veintisiete años. Pero no esperaba lo que me pasó a mí. 

Me puse muy triste, cansada, perpleja. Lloré a solas con un video triste y pensé que eran mis pérdidas familiares, que han sido muchas, las que me regresaron a esa etapa de mi duelo. Después de varios días abatida, entendí la razón: me dolía que Emi no fuera conmigo, estaba muy acostumbrada a su presencia, era una especie de ancla que me había detenido a hacer muchas cosas estúpidas e impulsivas en mis viajes. Su compañía me era necesaria, por más “carga” que yo sintiera que llevaba cuando salíamos. Porque me cuido y lo cuido a él, que no se quede atrás, que coma apropiadamente, que se cambie, bañe, etc.  Me dio el síndrome de “nido” vacío, esta vez un nido viajero. Así se ha de sentir cuando tus hijos quieren irse de casa y se van, pensé. 

Pero faltando tres días para salir, y a punto de comprar mi boleto de camión por internet, se decidió a acompañarme. Yo suspiré aliviada, le pregunté varias veces y me reafirmó que siempre sí se iba conmigo. Sé que lo convenció la seguridad de que no se iría en nuestro coche, porque disfruta mucho andar en camión, más que yo. Y los caballos, y la posibilidad de tatuarse con henna, y comer en restaurantes. Y así nos fuimos. 

Esperando el pozole desde un antro, en Playa Condesa. 

Ya en Acapulco desde el primer día me encontré con esa extraña mezcla de lugares nuevos o reconstruidos y otros abandonados, llenos de maleza y salitre negro, unos en medio uso, otros activos. Muchos comercios a la orilla de la playa, destrozados en su parte trasera, aunque con el frente arreglado. Y se hizo más evidente el daño causado por el huracán, viendo las construcciones desde la playa. Ahí vimos amontonadas sillas y mesas ya oscuras por el efecto de la sal marina en la parte trasera de algunos negocios. En otros, presumiblemente abandonados, se habían asentado personas sin techo, con cortinas o telas viejas como paredes sostenidas por palos, se veían los restos de alguna fogata en la puerta. 

Detrás de las apariencias, los restos de Otis. 

De lunes a miércoles, sobre todo de noche noté muchos antros cerrados, en la Costera frente a nuestro merendero. El jueves amanecí con ganas de pozole verde, que no había probado allá y que es típico de Guerrero. Salimos y en la esquina del Oxxo había un letrero grande de cartón, sobre un carrito viejo, que decía POZOLE. Nos acercamos pero no me convenció la cochera que unos apurados señores de la tercera edad, empezaron a desocupar y limpiar. Bajamos al merendero y llegó después de nosotros una pareja que pidió, sin dudarlo, pozole. Yo quería que comiéramos en otra parte, así que desayunamos lo habitual y subimos a descansar la comida frente a la alberca yo, y Emi a ver telenovelas con temas del viejo testamento bíblico. 

Platiqué con la encargada del hotel que ahí cerquita había un puesto de pozole que no había visto. Me dijo que sólo los jueves se ponen, porque en Acapulco el jueves es pozolero. Así que a la hora de comer bajamos a la Costera, y me encontré que un antro ahora estaba abierto, con mucha música, una pantalla gigante (como seis tv trasmitiendo juntas) y mucha gente. Y un letrero: “Hoy jueves pozolero, 2x1 , y muchas sorpresas más”. 

Cruzamos la calle, y me acerqué a preguntar. Estaba terminando una reunión de promotores turísticos de Acapulco, tenían lleno el local. ¿El costo de la comida? Dos platos por $160 pesos, el plato de botanas aparte. Nos dejaron entrar, nos instalamos en una mesa frente al mar, pedimos pozole verde con la bandeja adjunta, y escuchamos el final de los planes de la reunión: promover Acapulco en muchas partes lejanas del país (escuché Monterrey, Guadalajara y Tijuana), “sin olvidar” a los habitantes de arriba, de los cerros adyacentes del puerto. Luego ensayaron la batería y guitarras eléctricas en el escenario. Y las meseras sacaron las bandejas llenas de humeantes cazos medianos de barro llenos del caldo verde espeso con puerco o pollo, granos gigantes de maíz reventado, y platos con un sopesito, tostada, flauta, aguacate, limones, chicharrón, trozo de carnitas, cebolla troceada, chile seco molido… Tardaron en servirnos pero valió la pena, el lugar no tenía una silla vacía. 

"¿Me estás oyendo, inútil?", decía Paquita la del Barrio. 

Cuando se alejaron los practicantes del grupo musical, dio principio el show una muy buena imitadora travesti de voz y presencia de “Paquita la del Barrio”, que nos tuvo a todos rise y rise entre cucharadas y masticadas. Luego apareció “Yuri”, usando pista de canciones y diciendo chistes más colorados.  Frente a mí, una niñita morena con manchas de desnutrición en la cara que apenas alcanzaba la mesa, comía tímidamente con otro señor moreno a su lado, de seguro un familiar. Pensé en el banquete que se estaba dando y que seguramente tenía más años de los que aparentaba. Ella era hija de los cerros, de empleados y empleadas por las grandes empresas turísticas que han caracterizado a esa ciudad desde generaciones. Que si un Otis les tumbó a los empresarios un negocio y una inversión, a los habitantes marginados les arrebató su casa, sus pocas pertenencias, sus electrodomésticos o los muebles donde vivían. 

Incluso pudiera ser que también las imitadoras de cantantes famosas fueran hijas de los cerros. Para eso, ya nos habíamos cansado del ruido, así que nos fuimos entre la algarabía que detenía coches en la Costera. Anunciaron después de las cantantes a un grupo cubano de rock, se escuchaba muy bueno por cierto. Su música nos acompañó cuando subíamos al hotel, de lejos. Me alegré de no ser ya tan fiestera, tan aficionada a la música con la bebida, porque hubiera sufrido por no poder quedarme. Lo que traen los años, quién lo hubiera pensado. 

Un "Chiriki"  bajado de los cerros, tomando sombra. 


Pregunté por el velero-escuela, sólo viene en temporadas altas, me dijeron. Ahorita anda navegando por el mar, quizá en Semana Santa venga. 

De museos, no los busqué pero en el Google sólo me aparecían parques, hoteles, restaurancitos, otros negocios y el mar. En cuanto a bañarme en el mar, les platico en la siguiente y última entrega. 

¿Y mis caballos? Emi hasta el final recordó. No creo que haya por aquí, le aseguré, estábamos en el Acapulco viejo y tradicional. En el nuevo, de los complejos turísticos y nuevas residencias y colonias exclusivas, quizá los tengan. O precisamente los sacan en las temporadas altas, con mucha afluencia poblacional. No gracias. 


miércoles, 25 de marzo de 2026

Comida, artesanías y transportes. Visita a Acapulco con Emiliano 2.

 Los cuatro días, porque  estuvimos de lunes a viernes, fueron un ir y venir caminando del hotel a partes cercanas. Visitamos el Tianguis Turístico La Diana, mercado muy grande con multitud de puestos de pequeños productores y comerciantes de artesanías, ubicado en una de las esquinas de la glorieta de una escultura de tamaño natural de una Diana Cazadora. Ésta era una copia de la defeña, también desnuda, frente al mar, siendo el centro del puerto y un lugar común de ubicación del resto de los lugares del Acapulco tradicional. 

La Diana acapulqueña, en una hermosa base de concreto. 

En el Tianguis Turístico vendían toda la parafernalia para visitantes, a precios muy asequibles. Ahí Emi adquirió llaveros, imanes, y yo un dije chiquito de plata  (no hay que olvidar que Taxco es la capital platera de nuestro país), camisetas y hasta unos huaraches de cuero bordados con flores, que me puse dos veces pero como me sacaron ampollitas,  los guardé para presumirlos puestos y no caminar mucho con ellos. 

El gran mercado de artesanías, uno de varios de Acapulco. 

En el puesto de los huaraches de cuero, me asombré  de la venta de esculturas de palo fierro, cortadas rústicamente, algunas figuras nada tenían qué ver con la naturaleza del desierto de Sonora. Me llamó la atención que incluso uno de los osos tenía la característica “mano” del mismo material, incrustado en un agujero de su tamaño, como centímetro y medio, que se usa para moler el chiltepín. El vendedor no sabía para qué era y yo me solacé en explicarle, como buena sonorense que soy. Y también le pregunté si sabía del origen de esas piezas de madera dura y pesada, él no sabía. Así que le platiqué de los artesanos de Kino Viejo, las características de la madera, etc. Tanta sería mi emoción que hasta un vendedor de un puesto vecino se acercó a escucharme. 

Yo me sorprendí a mí misma, cuánto conozco y cuánto extraño esa región en la que crecí. Mis raíces están allá. Dicen que infancia es destino, no lo sé. Por lo menos es cultura que nunca se olvida y de la que estoy orgullosa. 

También fuimos descubriendo lugares baratos para comer cerca. Ya me había dicho Mary, que siempre había comederos baratos cerca de los hoteles. En la Costera nos encontramos uno, tenía de todo: desayunos, comidas corridas, tacos, tortas, guisos de pescados y mariscos, cenas, frutas, ensaladas (no tan frescas ni tan buenas pero las tenían). Hasta pozole de los tres colores (blanco, rojo y verde) tenían todo el día. Y el omelette de claras con muchas verduras que me recomendaron para mi dieta anticolesterol, aunque con mucho más aceite de lo que yo  le pongo. Yo tenía ganas de probar el pozole verde, típico de Guerrero,  sí tuvimos la suerte. Cómo fue,  se los platico en la siguiente crónica. 

Exquisito omelette de claras con champiñones y dos ensaladas, 
fue un desayuno ideal. 

Pues para no errarle, ahí comimos los dos primeros días, luego caminamos más lejos por la Costera y dimos con otro merendero, más barato y con una oferta de comida un poquito diferente. Un día desayunando me tocó platicar con una pareja de jubilados que me recomendaron, para pescados y mariscos, el Bocana, en la playa Papagayos. 

Así que nos aventuramos a la playa Papagayos otra vez, y resultó que ese restaurant era al que fuimos el primer día para usar el baño. Y no estaba tan caro pero sí, más que en Querétaro, que es mucho decir. Vamos a las playas a comer pescado pero resulta que muchas veces usan el mismo pescado (tilapia -probablemente de granjas chinas-, según me dijeron) que se vende en el centro del país, con la única diferencia del  precio turístico, o sea más caro. Los mariscos no los probamos, a Emi no le gustan y yo estoy restringida por la misma dieta. De todos modos no me aventuré a ellos, ni siquiera a los camarones, pensando en que era más fácil ocultar si me podrían hacer daño. 

Pero nos sentamos para comer el pescado en una palapa frente al mar, frente a las olas, no a su alcance, y después nos quedamos otra hora nomás viendo. Y se nos acercó lo que esperábamos: un tatuador de henna que le hizo las delicias de la vida a Emiliano, con dos tatuajes, uno en cada brazo. El tatuador platicó que había vivido en Puerto Peñasco y en Topolobampo, trabajando como albañil, “muy pesado el calor”, me dijo. Y comentó  lo peligrosa que es la carretera de Sonoyta, o atravesando Carborca, yo coincidí con él. Páramos difíciles pero increíblemente hermosos en su soledad. Ya no seguimos platicando, no alcancé a preguntarle porqué se regresó y no se quedó allá. Pero la tierra, la sangre llama, lo sé. Y me dijo que tenía un local para tatuar con tinta, es decir, había alcanzado a hacer su negocito, qué iba a andar haciendo hasta allá pasando calores y peligros. 

Me sorprendió mucho el alto nivel de ruido de la Costera. Tardé días en reconocer el pitido de los viejos camiones por toda la calle, así se anuncian para quien no los está esperando, quizá para que corran si les falta alguna cuadra para alcanzarlos o no vean bien. Todos los restaurantes, incluido el merendero que más frecuentamos, tenían grandes televisiones con bocinas a un lado, con música casi ensordecedora, desde la mañana, con el ruido más alto en la tarde y en la noche. Es una forma de atraer clientes, imagino, pues equiparan playa a fiesta, fiesta con alcohol y  ruidos altos en forma de música, algo que yo vi que a la mayoría de los visitantes les gusta y toleran. No es el caso de Emi ni el mío. 

Desde la primera noche del lunes, observé motos jalando unas estructuras muy endebles iluminadas con foquitos navideños rosas, blancos o azules, con dibujitos de caricaturas pegados en las llantas. Tenían forma de carrozas de Cenicienta, pero al preguntar a los meseros me dijeron que son las calandrias, una versión acapulqueña de las pulmonías de Mazatlán, transporte recreativo para turistas y familias en las calles del puerto.  

Una calandria con paseantes nocturnos.  

A los puesteros del Mercado Artesanal les pregunté que si no tenían calandrias como llaveros o imanes para refrigerador, me dijeron que como muchas artesanías que venden ya son chinas (sólo les cambian el nombre de la ciudad), allá no saben de esta modalidad de paseo típica de Acapulco, pues yo no las había visto en ninguna otra playa. Yo tengo un llavero con una pulmonía en miniatura que adquirí en Mazatlán, me pareció un recuerdo muy bonito de cuando fuimos allá. Me platicaron también que esas calandrias  antes recorrían la Costera jaladas por caballos, pero que hubo críticas de los defensores de los derechos de los animales, y los quitaron. No creo que el daño fuera a los caballos por jalar una carreta, sino por exponerlos al alto nivel de ruido, de tráfico y sus cascos al cemento o asfalto calientes. 

El día que regresamos del restaurant Bocana, tomamos otro camión, pero éste traía aire acondicionado, entonces nos costó un peso más el viaje, trece pesos. Limpios y llenos, me recordaron los grandes camiones de Hermosillo donde subir en el centro era un pleito de manotazos y empujones, quedarnos era un sauna ardiente, y para bajarnos sólo había qué gritar ¡BAJAN! y se detenía donde estuviera, sin paradas preestablecidas. Y yo le pregunté al chofer del camión acapulqueño “¿cómo dicen aquí para bajar?” y él con risas me dijo “aquí me bajo” y nada más. Me dio risa su risa, qué recuerdos me trajeron esos ruidosos super camiones. 


domingo, 22 de marzo de 2026

Hotel de cuatro estrellas con una estrella de seis picos. Visita a Acapulco con Emiliano 1.

 Lo viví como se viven todos los viajes, de manera parcial, con el filtro del cristal de mi ánimo, recursos económicos, condición física, edad y compañía. Y condimentada con los sueños, imágenes preconcebidas y adelantos imaginativos que en base a las experiencias, me daban un marco mental un tanto acuoso, intangible y móvil de cómo debía llegar y actuar allá. 

Suena a ensueño, paradisíaco y relajante. “Vacaciones en Acapulco” tradicionalmente  se nos presentó como lo más sonado, típico y elegante de las salidas a la playa entre los mexicanos. Y digo tradicionalmente porque desde que estaba niña, hace aproximadamente cincuenta y tantos años, ese nombre estaba en las películas, telenovelas, pláticas y cultura popular.  Y claro, en las pláticas de mi papá. 

Después fueron famosos otros centros turísticos, pero Acapulco se quedó en la memoria colectiva. Es, dirían los mercadologos, una marca reconocida.

Yo no lo conocía bien, tenía curiosidad después de lo que el Otis le hizo al puerto, un huracán fulminante que casi lo destruyó hace dos años. Y por eso me fui con Emi a estar allá. 

Primera tarde en Acapulco, Emiliano y yo. 

De manera premeditada no vi demasiados videos ni imágenes turísticas antes de salir, sólo avizoré que habría un clima muy agradable, 30 grados máximos y 23 en la noche. 

Nos fuimos en camión, conseguimos descuento los dos en ETN, que tiene unos asientos muy cómodos y corridas que llegaban directo, sin tener que hacer cambio en la CDMX, cruzarla toda hasta Tasqueña y esperar otra salida, como era antes.  Ahora hay más conexiones de las ciudades lejanas con los camiones.

Salimos a las 7 de la mañana de Querétaro, llegamos a las 4 de la tarde a Acapulco, con una mochila de espalda y una bolsa de mano cada uno, con lo básico indispensable para varios días. Antes de llegar al mar, pasamos por un túnel que atravesaba un grupo de cerros urbanizados. Había qué pagar cuota para entrar al Maxitúnel y a la entrada vi rápido un puesto de información turística, para quienes fueran en coche supongo. En los cerros vi que había caminos al estilo de los pueblos italianos junto al mar, serpeantes y empinados, imaginé que con vistas espectaculares antes de llegar al otro lado de las montañas y ver el océano con su brillo único. El túnel estaba oscuro y con tráfico, tanto de ida como de vuelta. 

 Llegamos a la central camionera y frente a nosotros estaba el Parque Papagayo, un parque natural con muchas alberquitas, paseos pavimentados, árboles y palmeras y no, no vimos ningún papagayo, sólo chanates y palomas. Lo cruzamos acompañados de sol y humedad, y atravesamos la Costera, la calle principal que conecta y bordea toda la playa, tal y como se acostumbra en casi todas las urbes oceánicas. Llegamos a unas escaleras de concreto que descendían a la playa, cuyas olas casi no veíamos tapadas por las palapas con sillas ocupadas por turistas. Y una multitud de vendedores de todo tipo caminando en esa arena beige gruesita y brillosa, que al pisarla sonaba a piedras muy chiquitas. 

Bajamos a preguntar por un baño. En el restaurant que estaba a un lado de las palapas, lo rentaban a ¡quince pesos! 

Mi idea era buscar con el Google maps a los hoteles, comparar precios e ir, si era posible, caminando. Encontré varios medio cercanos, pero al hablarles, o no respetaban el precio por noche, o el telefóno estaba fuera de servicio, y era posible que el hotel también. 

En un hotel que aparecía en el google con$699 por día,  el encargado me dio “precio” de $900 y me invitó a ir. No tenía servicio de comidas, y en cuanto a restaurant cerca, me dijo que a quince minutos caminando podía acceder a varios. Vi en el google que estaba a 20 minutos a pie y me decidí a ir hacia allá. 

Lo que no sabía era que estaba ya subiendo varias cuadras en un cerro. Todo Acapulco está rodeado de cerros, sólo la costera y su parte hacia el mar está plana, y eso que aún para ir al mar siempre había qué bajar lo equivalente desde medio y hasta dos pisos de escaleras. Obvio que con vista al mar estaban todos los hoteles de lujo, de reconocidas y famosas marcas mundiales. Esos claro que estaban fuera de mi presupuesto. 

Así que el Google me indicaba que faltaban tres cuadritas (casi de puras escaleras de subida) cuando paramos en una esquina a tomar aire. Ahí me abordó un señor maduro, bajito, gordito y sonriente de camisola blanca que decía “Unión de informadores turísticos de Acapulco” o algo así, y un logo bordado también. Me preguntó que si andaba buscando hotel, que él podía ayudarme. Me enseñó dos folletos de dos hoteles, con fotos muy bonitas, imaginé que serían caros. Y sí, les habló y eran a $1100 la noche. Si de por sí $900 se me había hecho mucho, así que le dije a dónde iba y me indicó que era un hotel muy feo y muy alejado de  la Costera. Habló a otro hotel y me lo consiguió a 900, solo que estaba un poco lejos de donde andábamos. Me dijo que podíamos irnos en taxi, yo le dije que no (recelosa por las historias de abuso de los taxistas) y él me propuso nos fuéramos en camión, más allá de la Diana (después supe qué era) y que yo le pagara el camión. Le pregunté a él que si cobraba por sus servicios y me dijo que una propina voluntaria. Mi intuición me dijo que lo siguiera, que me dejara ayudar, y llegamos al hotel que él sugirió, que también estaba de subida pero dos cuadras chiquitas nomás, con un Oxxo en la esquina. 

Era un hotel en construcción de los cuartos superiores, unos cinco pisos ya estaban terminados. Lo que noté al entrar fue que la puerta tenía de logo un caballito de mar y… una estrella de David.  Detrás del estacionamiento estaba la recepción, y descansamos bien el cuerpo, dos horas después de llegar, en un cuarto en la planta baja, con vista a la cochera. Ningún otro cuarto tenía vista al mar, sólo a los cerros y a la limpia alberca del primer piso, que fue una bendición tenerla. Cuando nos quitamos las mochilas de la espalda, teníamos las camisetas empapadas. Yo hacía mucho que no sudaba tanto, me gusta sudar estando bien hidratada. 

El promotor turístico, Ricardo se llamaba, me platicó que tiene dos hijos ya adultos, que a eso siempre se ha dedicado y que es una bendición tener turistas en Acapulco, que poco a poco la actividad se ha ido recuperando. Cuando recién salí de mi cuarto a preguntar algo a recepción, vi que le estaban pagando a don Ricardo una tercera parte de lo que pagué por adelantado por el cuarto. Me pareció un buen trato para todos. Le pregunté que si los dueños eran judíos, me dijo que sí. Y por ahí andaba un joven adulto al que llamaban con un nombre hebreo, imaginé sería como el dueño. Don Ricardo me preguntó que si tenía algo contra los judíos y le dije que no, sólo que su país está involucrado en una horrible guerra en Medio Oriente. 

Me quedé pensando en cómo nos dividen las guerras, las nacionalidades, los colores. Él con su filiación nacional-religiosa, yo con mis creencias e ideologías. Él no enviaba tropas, ni mandaba cohetes. Yo no los recibía ni peleaba ningún frente. Estábamos al otro lado del mundo, él prestando un servicio e invirtiendo en un puerto que había sido azotado por un huracán, construyendo un hotel nuevo, dando empleo a muchas personas, yo necesitando alojamiento y refugio. Y además eres mexicana, Anna, nosotros estamos por la paz, no por las guerras, pensé. 

 Quizá como muchos israelitas, creció educado en la creencia de que ellos tienen la razón y que su dios los protege y los lleva a atacar a los “no creyentes”, “enemigos” o como se llamen, y que tienen derecho a una tierra prometida, que resultó estar ocupada desde hacía dos milenios por Palestina.

Yo entiendo cómo el Holocausto los llevó a buscar una tierra en dónde asentarse después de ser un pueblo errante, vinculado sólo por su cultura y no por su apego a un país físico. Pero la víctima terminó haciendo lo que le hicieron, a otros pueblos . Heridas colectivas, heredadas y no sanadas. 

Afortunadamente no volví a ver al joven constructor y dueño, sólo escuchaba a veces, cuando pasaba por la recepción, que dirigía todo por teléfono. Mucho mejor, diría Emi, pues quizá después no me hubiera aguantado las ganas de preguntarle que si qué opinaba de la guerra contra Irán, contra Palestina, contra el Líbano. O quizá me hubiera llevado una sorpresa.