Viajar a lugares desconocidos es también hacer un viaje interior, diría Nietzsche en un texto que leí mi primer día en Yautepec, en la cafetería de Alejandra.
El viaje interior inició antes de salir, con las preguntas que me hacía sobre Acapulco, sobre todo relacionadas con el reinicio de actividades turísticas después de Otis, que yo había visto en las noticias. También tenía el plan de visitar un velero escuela de la Secretaría de Marina, que vi en una foto atracado en Acapulco y abierto a turistas, además de visitar algún museo de la cultura local. Definitivamente yo quería bañarme en el mar.
En cuanto a Emi, ese fue otro cantar. Él no quería salir, y su determinación semanas atrás de quedarse acompañado a veces por su hermano, que trabaja tiempo completo, me llevó también a varias preguntas personales. ¿Qué tanto quería estar sola sin Emi? ¿Qué tan viables eran mis fantasías de viajar sola por el mundo no conocido dentro y fuera de mi país? Me pareció apropiado el momento, ya que Emi estaba decidido a no salir. Le pregunté que si qué haría solo: hacerse solo de comer, a pasear al perro, ver la tele sin interrupciones, platicar con sus gallinas, irse en camión a nadar o al cine. Para tratar de convencer a Emi de irse conmigo, le dije que seguramente habría caballos qué cabalgar en la playa.
Pero no lo convencía, y la fecha de salida se acercaba. Pensé que era un signo de madurez de Emi querer pasar unos días lejos de mí, pues ya tiene veintisiete años. Pero no esperaba lo que me pasó a mí.
Me puse muy triste, cansada, perpleja. Lloré a solas con un video triste y pensé que eran mis pérdidas familiares, que han sido muchas, las que me regresaron a esa etapa de mi duelo. Después de varios días abatida, entendí la razón: me dolía que Emi no fuera conmigo, estaba muy acostumbrada a su presencia, era una especie de ancla que me había detenido a hacer muchas cosas estúpidas e impulsivas en mis viajes. Su compañía me era necesaria, por más “carga” que yo sintiera que llevaba cuando salíamos. Porque me cuido y lo cuido a él, que no se quede atrás, que coma apropiadamente, que se cambie, bañe, etc. Me dio el síndrome de “nido” vacío, esta vez un nido viajero. Así se ha de sentir cuando tus hijos quieren irse de casa y se van, pensé.
Pero faltando tres días para salir, y a punto de comprar mi boleto de camión por internet, se decidió a acompañarme. Yo suspiré aliviada, le pregunté varias veces y me reafirmó que siempre sí se iba conmigo. Sé que lo convenció la seguridad de que no se iría en nuestro coche, porque disfruta mucho andar en camión, más que yo. Y los caballos, y la posibilidad de tatuarse con henna, y comer en restaurantes. Y así nos fuimos.
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| Esperando el pozole desde un antro, en Playa Condesa. |
Ya en Acapulco desde el primer día me encontré con esa extraña mezcla de lugares nuevos o reconstruidos y otros abandonados, llenos de maleza y salitre negro, unos en medio uso, otros activos. Muchos comercios a la orilla de la playa, destrozados en su parte trasera, aunque con el frente arreglado. Y se hizo más evidente el daño causado por el huracán, viendo las construcciones desde la playa. Ahí vimos amontonadas sillas y mesas ya oscuras por el efecto de la sal marina en la parte trasera de algunos negocios. En otros, presumiblemente abandonados, se habían asentado personas sin techo, con cortinas o telas viejas como paredes sostenidas por palos, se veían los restos de alguna fogata en la puerta.
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| Detrás de las apariencias, los restos de Otis. |
Platiqué con la encargada del hotel que ahí cerquita había un puesto de pozole que no había visto. Me dijo que sólo los jueves se ponen, porque en Acapulco el jueves es pozolero. Así que a la hora de comer bajamos a la Costera, y me encontré que un antro ahora estaba abierto, con mucha música, una pantalla gigante (como seis tv trasmitiendo juntas) y mucha gente. Y un letrero: “Hoy jueves pozolero, 2x1 , y muchas sorpresas más”.
Cruzamos la calle, y me acerqué a preguntar. Estaba terminando una reunión de promotores turísticos de Acapulco, tenían lleno el local. ¿El costo de la comida? Dos platos por $160 pesos, el plato de botanas aparte. Nos dejaron entrar, nos instalamos en una mesa frente al mar, pedimos pozole verde con la bandeja adjunta, y escuchamos el final de los planes de la reunión: promover Acapulco en muchas partes lejanas del país (escuché Monterrey, Guadalajara y Tijuana), “sin olvidar” a los habitantes de arriba, de los cerros adyacentes del puerto. Luego ensayaron la batería y guitarras eléctricas en el escenario. Y las meseras sacaron las bandejas llenas de humeantes cazos medianos de barro llenos del caldo verde espeso con puerco o pollo, granos gigantes de maíz reventado, y platos con un sopesito, tostada, flauta, aguacate, limones, chicharrón, trozo de carnitas, cebolla troceada, chile seco molido… Tardaron en servirnos pero valió la pena, el lugar no tenía una silla vacía.
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| "¿Me estás oyendo, inútil?", decía Paquita la del Barrio. |
Cuando se alejaron los practicantes del grupo musical, dio principio el show una muy buena imitadora travesti de voz y presencia de “Paquita la del Barrio”, que nos tuvo a todos rise y rise entre cucharadas y masticadas. Luego apareció “Yuri”, usando pista de canciones y diciendo chistes más colorados. Frente a mí, una niñita morena con manchas de desnutrición en la cara que apenas alcanzaba la mesa, comía tímidamente con otro señor moreno a su lado, de seguro un familiar. Pensé en el banquete que se estaba dando y que seguramente tenía más años de los que aparentaba. Ella era hija de los cerros, de empleados y empleadas por las grandes empresas turísticas que han caracterizado a esa ciudad desde generaciones. Que si un Otis les tumbó a los empresarios un negocio y una inversión, a los habitantes marginados les arrebató su casa, sus pocas pertenencias, sus electrodomésticos o los muebles donde vivían.
Incluso pudiera ser que también las imitadoras de cantantes famosas fueran hijas de los cerros. Para eso, ya nos habíamos cansado del ruido, así que nos fuimos entre la algarabía que detenía coches en la Costera. Anunciaron después de las cantantes a un grupo cubano de rock, se escuchaba muy bueno por cierto. Su música nos acompañó cuando subíamos al hotel, de lejos. Me alegré de no ser ya tan fiestera, tan aficionada a la música con la bebida, porque hubiera sufrido por no poder quedarme. Lo que traen los años, quién lo hubiera pensado.
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| Un "Chiriki" bajado de los cerros, tomando sombra. |
Pregunté por el velero-escuela, sólo viene en temporadas altas, me dijeron. Ahorita anda navegando por el mar, quizá en Semana Santa venga.
De museos, no los busqué pero en el Google sólo me aparecían parques, hoteles, restaurancitos, otros negocios y el mar. En cuanto a bañarme en el mar, les platico en la siguiente y última entrega.
¿Y mis caballos? Emi hasta el final recordó. No creo que haya por aquí, le aseguré, estábamos en el Acapulco viejo y tradicional. En el nuevo, de los complejos turísticos y nuevas residencias y colonias exclusivas, quizá los tengan. O precisamente los sacan en las temporadas altas, con mucha afluencia poblacional. No gracias.








