miércoles, 16 de septiembre de 2026

Cuando se lleva el norte en la piel.

El norte en la Piel, de Yolanda González Gómez

Cuando se lleva el norte en la piel, la brújula te llama con su imán hacia las tierras que consideras tendrán la solución a tus problemas terrenales. Sólo que en ese camino encontrarás muchos escollos, varios de ellos imposibles. Podrás quedarte en el camino y no cruzar ese muro de las afrentas, o cruzar y buscar la prosperidad entre vínculos y organizaciones solidarias, acompañadas de agravios, encarcelamiento, persecución, discriminación y hasta la muerte. Y no lo harás sólo por ti, sino por tus antecesores o predecesores, tus hijos o tus padres, tus raíces o tus ramas.

La ilusión se lleva en lo profundo del alma, introyectada con miles de horas de material audiovisual que ha circulado en todos los medios, convertidas en creencias casi inamovibles que se estampan con la realidad de que la prosperidad no es para todos, pero sí el esfuerzo, el sacrificio y el destierro.

A eso me lleva a reflexionar el precioso libro de Yolanda González Gómez, mi gran amiga periodista y escritora sonorense. Ambas hemos sido migrantes, aunque ella regresó a su terruño de nacimiento, yo quise pero no pude. “El norte en la piel”*, habla de los héroes y heroínas que como la fertilidad del suelo, multiplican las ganancias silenciosamente en donde se asientan a laborar, vivir, convivir. Obligados por sus circunstancias, Yola los retrata en su vida azarosa, sus pérdidas, la violencia laboral, citadina, legal y hasta sexual de la que son objeto la mayoría de ellos, y a quienes los defienden dentro de la  entrañas del monstruo capitalista, ahora fascista.

Historias que trascienden generaciones, muy pocas triunfantes, que parten el ánimo de cualquiera, incluso de la(o)s lectora(e)s. ¿Para qué tanto sacrificio y sufrimiento para llegar, y encontrarse con que el castillo rosa era una fachada de una bestia que devora hijos nacidos en otras tierras, para seguir multiplicando su deshumanizado modelo económico?

Las facetas tan vulnerables de los miles de paisanos latinoamericanos es retratada por Yola desde su trinchera en Dallas Texas y sus alrededores, un pedacito de humanidad que muestra los caminos de sufrimiento, de resistencia y a veces de victorias de lo que estamos hechas. Un botón de lo que es esforzarte para supuestamente buscar una vida mejor

Lo leí con dolor, con coraje, con vergüenza y a veces con alegría por los pequeños logros que se retratan.

Felicito a mi amiga por su don para platicar, describir, retratar, investigar y hacernos sentir en carne propia los avatares de la vida de los migrantes. Ese es el verdadero éxito de una verdadera contadora de historias.

Pueden adquirir el libro en este vínculo: 



*Yolanda González Gómez.  El norte en la piel. Presentes e invisibles: los migrantes y sus historias de adversidad, heroísmo y resistencia en Estados Unidos.  La Fragua Editorial, 2026. Hermosillo Sonora México.

 

 


jueves, 13 de agosto de 2026

ANNA GEORGINA ST. CLAIR Escribir, pintar y construir el libro. Leonardo Reichel Urroz

 Agradezco a Leonardo Reichel, periodista fronterizo entre  Sonora y Arizona, sus extensivos análisis y comentarios a mi obra artística. Es la primera ocasión que tengo el honor de ser objeto de tan detallado examen.  Este texto se publica con permiso explícito del autor y vio luz por vez primera el 10 de agosto de 2026 en la página de Facebook del autor referido.

Foto generada con IA, aunque la foto 
de la artista no tiene corrección alguna

ANNA GEORGINA ST. CLAIR

Escribir, pintar y construir el libro: memoria, naturaleza, conciencia femenina y creación artesanal


Presentado por Leonardo Reichel Urroz


Hablar de Anna Georgina St. Clair exige ampliar la idea convencional de escritora. En su trayectoria, la literatura no termina cuando se escribe la última palabra de un poema o de un relato. El proceso creativo continúa en la pintura, la fotografía, el diseño, el papel, la encuadernación y, finalmente, en la fabricación material del libro.

Esa característica la convierte en una figura particularmente interesante dentro de las letras sonorenses contemporáneas. St. Clair no sólo escribe libros: en algunos casos los construye físicamente, los encuaderna, interviene sus superficies y convierte cada ejemplar en un objeto artístico.

Su perfil público la identifica como originaria de Hermosillo, Sonora, y radicada posteriormente en Querétaro. Allí se presenta como escritora, pintora y encuadernadora. Su formación, inusualmente diversa, pasó por la pintura, la música, la física y las letras hispánicas, y culminó formalmente estudios de licenciatura y maestría en ciencias políticas. Su experiencia profesional ha sido igualmente plural: periodismo, enseñanza, investigación, asesoría política, edición e incluso construcción de viviendas aparecen en su trayectoria.

Esta variedad no constituye un detalle anecdótico. Ayuda a comprender una obra en la que arte, naturaleza, conciencia social, experiencia femenina y materialidad del libro terminan relacionándose.

I. Una creadora nacida en Hermosillo

La procedencia sonorense de Anna Georgina St. Clair es fundamental para situarla culturalmente.

Hermosillo pertenece a una geografía literaria marcada por el desierto. El paisaje sonorense ha producido una sensibilidad particular: la luz extrema, la sequedad, los grandes espacios, la vegetación resistente, el calor y la cercanía de la frontera forman parte de una experiencia territorial que aparece, de maneras muy diferentes, en numerosos autores de la región.

Sin embargo, reducir a un escritor sonorense al desierto sería simplificarlo.

En St. Clair aparece también otro paisaje:

el jardín.

Árboles.

Flores.

Semillas.

Materia vegetal.

Papeles.

Colores.

Esta presencia de la naturaleza adquiere especial importancia cuando llegamos a uno de sus libros más visibles editorialmente:

Mientras crecen los árboles.

Editorial Orbis Press incluye la obra dentro de su catálogo y la clasifica como poesía.

El título, por sí mismo, ofrece una magnífica puerta de entrada a su universo.

II. El árbol como imagen del tiempo

Un árbol no crece de inmediato.

Necesita tiempo.

Esta obviedad biológica posee una enorme potencia poética.

El árbol obliga a pensar en una temporalidad distinta de la humana.

Una persona puede experimentar desesperación por unas semanas, unos meses o unos años.

El árbol continúa creciendo.

Muy lentamente.

Casi imperceptiblemente.

Por eso la imagen vegetal ha funcionado durante siglos como símbolo de:

vida;

memoria;

genealogía;

raíces;

permanencia;

transformación;

muerte y renacimiento.

En el título Mientras crecen los árboles, la palabra decisiva podría ser precisamente “mientras”.

Porque ese adverbio introduce el tiempo humano dentro del tiempo vegetal.

Mientras los árboles crecen...

¿qué hacemos nosotros?

Amamos.

Envejecemos.

Recordamos.

Perdemos.

Escribimos.

Esperamos.

III. Una poética de los procesos

Esta perspectiva permite aproximarnos a una característica importante de la sensibilidad artística de St. Clair: el interés por los procesos.

No solamente importa el resultado.

Importa aquello que ocurre mientras algo se transforma.

Una semilla se convierte en árbol.

Una experiencia se convierte en recuerdo.

Una emoción se convierte en poema.

Una hoja de papel se convierte en libro.

Una mancha de pintura se convierte en imagen.

Una vida se convierte en memoria.

En este sentido, literatura y encuadernación pueden pertenecer al mismo sistema creativo.

Ambas requieren paciencia.

IV. Escritora, pintora y encuadernadora

La semblanza autobiográfica pública de St. Clair señala expresamente estas tres actividades: escritora, pintora y encuadernadora. También explica que sus libros autoeditados son encuadernados manualmente y decorados con papeles marmoleados, fotografías y telas pintadas.

El dato es extraordinariamente importante para valorar su producción.

En la industria editorial convencional existe una división del trabajo.

El escritor entrega el manuscrito.

El editor lo prepara.

El diseñador crea la portada.

La imprenta produce los ejemplares.

El encuadernador termina el objeto.

El distribuidor lo vende.

En la práctica artesanal de St. Clair, varias de esas funciones regresan a una misma persona.

La autora recupera físicamente el libro.

V. El libro como objeto artístico

Durante siglos el libro fue necesariamente artesanal.

Cada etapa exigía intervención humana.

Con la industrialización editorial, el libro se convirtió en objeto reproducible en grandes cantidades.

Esto democratizó enormemente la lectura.

Pero también uniformó el objeto.

Miles de ejemplares son idénticos.

La encuadernación artesanal propone otra relación.

Cada ejemplar puede contener pequeñas diferencias.

El papel tiene textura.

La costura se ve o se siente.

El color cambia.

La cubierta posee imperfecciones.

Y precisamente esas diferencias convierten el libro en pieza singular.

St. Clair trabaja en ese territorio donde la literatura vuelve a encontrarse con las artes plásticas.

VI. Una evidencia particularmente significativa

Existe un documento editorial que permite comprobar esta práctica con especial claridad.

La segunda edición de Alejados del instinto, de Manuel Murrieta Saldívar, tuvo en 2016 una primera edición artesanal realizada por Anna Georgina St. Clair en Santiago de Querétaro. La ficha editorial describe ejemplares numerados y de diseño individual, cosidos con hilo, empastados con cartón marmoleado e impresos sobre papel kraft.

Es decir:

St. Clair no fue simplemente una persona que colocó una cubierta alrededor del texto de otro escritor.

Realizó una interpretación material de la obra.

El libro se transformó en colaboración artística.

VII. Encuadernar también es leer

Ésta es una idea especialmente fértil.

Para diseñar artesanalmente un libro de poesía hay que leerlo.

Hay que comprender su atmósfera.

¿Qué textura corresponde a esos poemas?

¿Qué colores?

¿Qué papel?

¿Qué ritmo visual?

¿Qué relación debe existir entre contenido y recipiente?

La nota de presentación de St. Clair para aquella edición establece precisamente una relación entre la poesía, el papel reciclado, el óleo y las abstracciones visuales, concebidas como acompañamiento de la experiencia poética.

Por ello, la encuadernadora actúa también como lectora crítica.

Su interpretación no aparece solamente mediante palabras.

Aparece mediante materia.

VIII. Literatura y amistad

Ese mismo documento aporta otra dimensión importante.

St. Clair describe a Manuel Murrieta como poeta amigo desde la infancia y juventud y celebra la posibilidad de impulsar mutuamente sus letras a ambos lados de la frontera.

Esta referencia permite situarla dentro de una red literaria sonorense y transfronteriza.

La literatura regional no se desarrolla exclusivamente mediante autores aislados.

Se construye mediante amistades.

Lecturas compartidas.

Revistas.

Presentaciones.

Editoriales.

Talleres.

Correspondencia.

Encuentros.

Un escritor lee a otro.

Uno publica al otro.

Uno presenta el libro del otro.

La literatura se convierte también en comunidad.

IX. Sonora más allá de Sonora

La trayectoria de St. Clair permite además plantear una pregunta importante:

¿deja de ser sonorense un escritor cuando vive fuera de Sonora?

Evidentemente no.

Las literaturas regionales modernas están llenas de desplazamientos.

Un autor puede nacer en Hermosillo, vivir en Querétaro, publicar en Estados Unidos y presentar libros en diferentes estados mexicanos.

La geografía literaria contemporánea funciona mediante redes.

La propia semblanza de St. Clair señala presentaciones de sus libros, desde 2011, en la Ciudad de México, Estado de México, Michoacán, Guanajuato, Querétaro y Sonora.

Su obra pertenece entonces simultáneamente a una raíz sonorense y a una circulación nacional más amplia.

X. Una formación extraordinariamente heterogénea

Otro elemento biográfico merece detenernos.

St. Clair declara haber estudiado:

pintura;

música;

física;

letras hispánicas;

ciencias políticas.

Y precisa haber concluido licenciatura y maestría en esta última disciplina.

A primera vista, semejante itinerario podría parecer disperso.

Pero también puede entenderse como una formación interdisciplinaria.

La física pregunta por la materia y sus leyes.

La música trabaja con ritmo y tiempo.

La pintura con espacio, color y percepción.

La literatura con lenguaje.

La ciencia política con poder, instituciones y sociedad.

Todas observan la realidad desde ángulos distintos.

Una creadora que ha transitado por esos campos inevitablemente desarrolla una mirada plural.

XI. La política detrás de la sensibilidad artística

Sería igualmente equivocado imaginar que el interés de St. Clair por árboles, flores, pintura y encuadernación implica una escritura desvinculada de la realidad social.

Su formación en ciencias políticas y su experiencia como periodista, investigadora y asesora política muestran precisamente lo contrario.

Existe en ella una tensión productiva entre:

contemplación y crítica;

belleza y sociedad;

naturaleza y política;

intimidad e historia.

Esta tensión puede observarse incluso en sus intervenciones digitales.

En 2011 publicó, por ejemplo, una entrada titulada “Las anónimas de la Revolución Mexicana”, lo que documenta su interés por recuperar la presencia femenina dentro de la memoria histórica.

XII. La mujer dentro de la historia

La expresión “las anónimas” posee un significado profundo.

La historiografía tradicional estuvo durante mucho tiempo organizada alrededor de:

presidentes;

generales;

batallas;

tratados;

dirigentes políticos.

Las mujeres aparecían ocasionalmente.

Pero millones de mujeres participaron en procesos históricos sin dejar su nombre en los manuales.

Cocinaron.

Transportaron mensajes.

Cuidaron heridos.

Migraron.

Trabajaron.

Criaron familias en medio de guerras.

Participaron políticamente.

Escribieron.

Resistieron.

Recuperar a esas mujeres significa ampliar la noción misma de historia.

XIII. Una sensibilidad cercana al feminismo

La propia autora incluye el feminismo entre sus intereses declarados, junto con literatura, poesía, pintura, cine, política, viajes, ecología y vida natural.

Este dato permite interpretar con mayor precisión determinadas constantes de su actividad.

No significa que cada texto de St. Clair deba reducirse a una lectura feminista.

Eso sería igualmente empobrecedor.

Significa que existe una conciencia explícita acerca de la condición de las mujeres y de su representación cultural.

Y esa conciencia forma parte del horizonte desde el cual escribe.

XIV. Escritura femenina y autonomía material

Hay además una dimensión simbólica especialmente interesante en su trabajo editorial artesanal.

Históricamente, muchas mujeres escribieron pero dependieron de estructuras editoriales dirigidas mayoritariamente por hombres.

La autoedición modifica esa relación.

La escritora decide:

qué publicar;

cómo publicarlo;

qué aspecto tendrá;

cuántos ejemplares producir;

cómo distribuirlos.

En el caso de St. Clair, la autonomía llega hasta la fabricación física.

Ella escribe.

Edita.

Encuaderna.

Decora.

Y vende directamente parte de su producción, según su propia semblanza pública.

La independencia estética se convierte también en independencia material.

XV. Mientras crecen los árboles

Dentro de su producción conocida, Mientras crecen los árboles posee particular relevancia porque constituye la obra de St. Clair incorporada al catálogo de Orbis Press y aparece identificada allí como poesía.

Conviene aquí establecer una distinción metodológica importante.

Sin disponer de una edición completa del poemario para realizar análisis textual verso por verso, sería poco riguroso atribuirle temas específicos únicamente a partir del título.

Lo que sí puede hacerse académicamente es estudiar el campo simbólico que abre el título y relacionarlo prudentemente con intereses documentados de la autora, especialmente su pintura de paisajes y flores y su interés explícito por la ecología y la vida natural.

Así entendido, el árbol funciona como punto de encuentro entre literatura y sensibilidad ecológica.

XVI. La naturaleza como sujeto

Existe una diferencia importante entre utilizar la naturaleza como decoración y considerarla una presencia significativa.

En el primer caso, el árbol es fondo.

En el segundo, posee temporalidad.

Nace.

Crece.

Resiste.

Envejece.

Muere.

Alimenta.

Da sombra.

Produce semillas.

La conciencia ecológica contemporánea ha modificado profundamente nuestra relación cultural con estas imágenes.

El árbol ya no representa solamente belleza bucólica.

Puede representar también fragilidad planetaria.

Deforestación.

Sequía.

Cambio climático.

Resistencia.

Futuro.

XVII. La perspectiva sonorense

Para una autora nacida en Hermosillo, hablar de árboles posee además una resonancia particular.

El desierto enseña que la vegetación no puede darse por sentada.

En territorios de abundancia hídrica, un árbol puede parecer ordinario.

En regiones áridas, adquiere otro valor.

Sombra.

Agua.

Refugio.

Supervivencia.

La sensibilidad del habitante del desierto hacia la vida vegetal suele estar condicionada por esa escasez.

De allí que, sin convertir automáticamente el poemario en literatura ecológica, resulte legítimo señalar la correspondencia entre el título, el origen territorial de la autora y su interés declarado por la naturaleza.

XVIII. Pintar flores, fotografiar paisajes

La actividad visual de St. Clair complementa esta lectura.

Su perfil registra que pinta y fotografía paisajes y flores, y que ha participado en exposiciones individuales y colectivas en Querétaro, Sonora y Guanajuato.

Este tránsito entre palabra e imagen es importante.

El poeta observa una flor y puede nombrarla.

El pintor debe traducirla a:

color;

forma;

volumen;

luz.

El fotógrafo selecciona:

ángulo;

instante;

encuadre.

Tres lenguajes.

Un mismo objeto.

La creadora interdisciplinaria aprende que ninguna representación agota completamente aquello que observa.

XIX. La palabra como imagen

De allí puede surgir una particular conciencia de la imagen poética.

Cuando un escritor posee experiencia pictórica, suele desarrollar una atención especial hacia:

color;

textura;

espacio;

proporción;

contraste;

luminosidad.

No afirmamos que todo poema de St. Clair funcione de este modo sin examinar cada texto.

Pero su formación artística constituye un contexto relevante para interpretar su escritura.

La literatura y la pintura no viven en compartimentos completamente separados.

Se contaminan creativamente.

XX. Música y poesía

Algo semejante ocurre con su formación musical.

La poesía comparte con la música una característica fundamental:

el ritmo.

Antes incluso de comprender intelectualmente un poema, podemos percibir:

cadencia;

pausa;

repetición;

acento;

silencio.

La música enseña a escuchar el tiempo.

La poesía también.

Una autora que ha estudiado música posee potencialmente una sensibilidad adicional hacia la arquitectura sonora del lenguaje.

Esto no determina automáticamente su estilo, pero sí constituye una parte significativa de su formación estética.

XXI. Física y literatura: dos formas de asombro

Más inesperado parece su paso por estudios de física.

Sin embargo, ciencia y poesía poseen una raíz común:

el asombro ante la realidad.

La ciencia pregunta:

¿cómo funciona?

La poesía puede preguntar:

¿qué significa para nosotros?

La física observa materia, energía, espacio y tiempo.

La literatura transforma esos mismos elementos en experiencia humana.

No es necesario convertir a St. Clair en “poeta científica” para reconocer que una formación diversa amplía las metáforas y perspectivas disponibles para una creadora.

XXII. La cronista

Su producción tampoco se limita a la poesía.

La propia autora señala haber publicado diez títulos literarios, distribuidos —según el perfil consultado— entre tres libros de poemas, un volumen de relatos, cuatro novelas cortas, una compilación y un libro de crónicas publicado por Orbis Press en Estados Unidos.

Este dato obliga a ampliar su clasificación.

Anna Georgina St. Clair no es solamente poeta.

Es también narradora y cronista.

Y la crónica posee una relación especialmente estrecha con su experiencia periodística.

XXIII. La crónica entre periodismo y literatura

La crónica ocupa un territorio híbrido.

Trabaja con acontecimientos reales.

Pero utiliza herramientas literarias.

Escenas.

Descripción.

Personajes.

Voz.

Ritmo.

Memoria.

El cronista no inventa libremente como el novelista, pero tampoco escribe necesariamente con la neutralidad formal de una nota informativa.

Selecciona una perspectiva.

En ese sentido, el paso de St. Clair por el periodismo ofrece una base importante para comprender esta vertiente de su obra.

XXIV. El blog como extensión del taller literario

Otra faceta característica de su generación es su temprana utilización de espacios digitales.

Su perfil de Blogger existe desde diciembre de 2008 y registra proyectos como Expoesía Pinturas y Expresión compartida.

El blog desempeñó durante las primeras décadas del siglo XXI una función que hoy resulta fácil subestimar.

Antes del dominio absoluto de las redes sociales, miles de escritores encontraron allí un espacio de publicación independiente.

Podían escribir sin esperar la aceptación de una revista.

Publicar imágenes.

Comentar libros.

Construir comunidades.

Dialogar con lectores de otros países.

El blog fue, en cierto sentido, una pequeña editorial personal.

XXV. Expresión compartida

El nombre elegido por St. Clair para uno de sus espacios digitales resulta revelador:

Expresión compartida.

La frase contiene una idea de literatura alejada del aislamiento.

Expresar.

Pero compartir.

Escribir.

Pero circular.

Crear.

Pero dialogar.

Su blog contiene comentarios sobre libros y asuntos culturales. En una entrada de 2014, por ejemplo, reflexionó sobre La fiebre blanca, de Jacek Hugo-Bader, prestando atención incluso al problema cultural de la traducción.

Esto permite observar a St. Clair no sólo como autora, sino también como lectora pública.

XXVI. Leer también es intervenir culturalmente

La vida literaria necesita escritores.

Pero también necesita lectores capaces de recomendar, discutir y contextualizar libros.

Cuando un escritor comenta la obra de otro autor está realizando una forma de mediación cultural.

Introduce una obra en una conversación.

La relaciona con otras experiencias.

Invita a leer.

En este sentido, blogs como el de St. Clair forman parte de la historia reciente de la crítica literaria no institucional.

No sustituyen a las revistas académicas.

Cumplen otra función.

Crean comunidad lectora.

XXVII. Conjuros para seguir

Otra obra documentada públicamente es ** Conjuros para seguir **.

En septiembre de 2021, el programa En pos de la palabra dedicó dos entregas a una conversación con Anna Georgina St. Clair; la segunda se centró expresamente en ese libro. La presentación la identificaba entonces como escritora radicada en Querétaro.

El título vuelve a ser sugerente.

“Conjuro” remite a palabra con poder.

Palabra pronunciada para transformar algo.

Y “seguir” remite a persistencia.

Continuar.

Sobrevivir.

Avanzar.

La literatura aparece así simbólicamente como instrumento para continuar viviendo.

XXVIII. Escribir para continuar

Existe una tradición antiquísima que atribuye poder a la palabra.

Nombrar puede significar dominar el miedo.

Escribir una pérdida no elimina la pérdida.

Pero puede darle forma.

Narrar un trauma no borra lo ocurrido.

Pero puede hacerlo inteligible.

Escribir un recuerdo no devuelve el pasado.

Pero impide que desaparezca completamente.

Desde esta perspectiva, la noción de “conjuro” resulta extraordinariamente literaria.

La escritura no cambia mágicamente la realidad.

Pero sí puede modificar nuestra relación con ella.

XXIX. La participación en comunidades de escritoras

La actividad pública de St. Clair también está documentada en encuentros literarios.

En 2019 fue incluida entre las narradoras participantes del Encuentro Regional de Escritoras realizado en Querétaro, junto con autoras locales y escritoras invitadas de distintos estados del centro-occidente mexicano.

Este dato es importante porque sitúa su actividad dentro de espacios específicamente dedicados a la producción literaria de mujeres.

La literatura femenina mexicana contemporánea no constituye un bloque uniforme.

Existen generaciones, regiones, géneros y posiciones estéticas muy diferentes.

Pero encuentros de este tipo hacen visible una realidad histórica:

las mujeres no son excepción dentro de la literatura.

Son parte estructural de ella.

XXX. Del norte al centro de México

La trayectoria geográfica de St. Clair también merece interpretación.

Hermosillo.

Querétaro.

Son dos espacios profundamente diferentes.

Desierto y altiplano.

Norte y centro.

Frontera cultural y ciudad colonial.

Trasladarse de una región a otra significa cambiar:

clima;

paisaje;

arquitectura;

ritmos urbanos;

tradiciones;

redes culturales.

El escritor migrante dentro de su propio país aprende que México no constituye una sola experiencia cultural.

Es muchos Méxicos.

XXXI. La memoria del lugar de origen

Sin embargo, cambiar de territorio no elimina el anterior.

El lugar de origen permanece mediante:

lenguaje;

recuerdos;

familia;

paisaje interior;

amistades;

referencias culturales.

Por ello, la identidad literaria puede ser acumulativa.

St. Clair puede pertenecer a la tradición cultural sonorense y simultáneamente participar activamente en la vida artística queretana.

Una identidad no cancela la otra.

Se superponen.

XXXII. El reconocimiento en Hermosillo

La propia autora registra un dato singular: en 2009 fue honrada con el nombramiento de una calle en Hermosillo.

El dato encuentra además una corroboración documental indirecta especialmente interesante: documentos oficiales y catastrales de Hermosillo registran efectivamente una vialidad denominada Anna Georgina St Clair Ejerhed.

No conviene exagerar el significado de este reconocimiento.

Pero sí señalar su excepcionalidad.

El nombre de un escritor normalmente permanece en libros.

Aquí también aparece en la geografía urbana.

La ciudad convierte el nombre propio en lugar.

XXXIII. La creadora y el oficio

Existe otro aspecto de St. Clair que merece especial atención.

Su biografía laboral no responde al modelo romántico del escritor apartado del mundo práctico.

Ha trabajado, según su propio perfil, como periodista, profesora, constructora de casas, asesora política, editora, investigadora y vendedora de su producción artística.

Esto revela una relación concreta con el trabajo.

Quizá por ello resulta tan coherente que encuaderne libros.

La escritura no aparece como actividad completamente separada de las manos.

Pensar y hacer permanecen unidos.

XXXIV. Construir casas y construir libros

La relación es metafóricamente poderosa.

Una casa necesita:

estructura;

materiales;

proporción;

unión;

resistencia.

Un libro también.

Una novela necesita arquitectura narrativa.

Un poema necesita estructura interna.

Una encuadernación necesita sostener físicamente las páginas.

La creadora que ha conocido el trabajo de construcción puede comprender de manera especialmente concreta que toda forma necesita soporte.

Escribir también es construir.

XXXV. Contra la separación entre arte y artesanía

La cultura moderna creó a veces una jerarquía problemática.

Arriba:

“bellas artes”.

Abajo:

“artesanías”.

Pero durante buena parte de la historia esa división no existió con semejante rigidez.

El pintor preparaba materiales.

El impresor componía tipos.

El encuadernador trabajaba cuero y papel.

El escultor conocía piedra y herramientas.

St. Clair recupera algo de esa tradición.

La artista también trabaja con las manos.

Y el trabajo manual no disminuye la dimensión intelectual de la obra.

La completa.

XXXVI. Una estética de la singularidad

El libro artesanal posee además un valor filosófico en nuestra época.

Vivimos rodeados de objetos idénticos producidos industrialmente.

Millones de teléfonos iguales.

Miles de ejemplares idénticos.

Imágenes reproducidas infinitamente.

Frente a esa repetición, el objeto artesanal afirma:

éste es distinto.

Tiene pequeñas variaciones.

Fue tocado.

Fue construido.

Tiene historia material.

En cierto sentido, la encuadernación artesanal de St. Clair convierte cada ejemplar en una resistencia contra la completa uniformidad del objeto cultural.


XXXVII. Ecología y materialidad

Aquí reaparece su interés por la ecología.

La ficha de la edición artesanal de Alejados del instinto menciona expresamente el uso de papel kraft y materiales que exhiben visualmente su procedencia vegetal.

La relación resulta sugestiva:

árbol;

papel;

libro;

poesía.

El libro procede materialmente del árbol.

Y un poemario titulado Mientras crecen los árboles devuelve simbólicamente la palabra hacia su origen vegetal.

Es una relación que permite pensar el objeto literario no como algo abstracto, sino como materia procedente del mundo natural.


XXXVIII. Una autora difícil de encasillar

¿Cómo debemos clasificar entonces a Anna Georgina St. Clair?

¿Poeta?

Sí.

¿Narradora?

También.

¿Cronista?

También.

¿Periodista?

Ha ejercido el periodismo.

¿Pintora?

Sí.

¿Encuadernadora?

Explícitamente.

¿Editora?

También.

Investigadora?

Forma parte de su experiencia profesional.

¿Promotora cultural?

Su participación pública y editorial permite reconocer esa dimensión.

La dificultad para reducirla a una sola categoría constituye precisamente uno de sus rasgos más interesantes.


XXXIX. Valoración de su obra

Desde una perspectiva crítica, el valor de St. Clair debe buscarse en la intersección entre lenguajes y oficios.

Su literatura se encuentra rodeada de pintura.

Su pintura dialoga con la naturaleza.

Su naturaleza se relaciona con una sensibilidad ecológica.

Su formación política introduce conciencia histórica y social.

Su interés por las mujeres recupera voces y experiencias tradicionalmente relegadas.

Su trabajo editorial convierte el libro en objeto.

Su actividad digital transforma la lectura en conversación.

Y su desplazamiento entre Sonora y Querétaro amplía geográficamente su experiencia creadora.

No tenemos entonces disciplinas aisladas.

Tenemos un sistema.

XL. La necesidad de estudiar su bibliografía completa

Existe, sin embargo, una tarea pendiente.

La información digital disponible permite establecer que la propia autora contabiliza diez títulos y describe su distribución genérica. Pero no todos esos libros poseen actualmente una documentación bibliográfica digital igualmente accesible.

Esto impone una obligación metodológica.

No debemos inventar títulos.

No debemos atribuir fechas sin documentos.

No debemos reconstruir argumentos de novelas que no hemos podido consultar.

La crítica rigurosa también consiste en reconocer los límites de las fuentes.

Sería deseable elaborar en el futuro una bibliografía completa que registrara:

título;

año;

lugar de publicación;

editorial o autoedición;

género;

número de páginas;

tiraje;

características artesanales;

presentaciones;

reseñas;

y localización de ejemplares.

Esa bibliografía permitiría realizar un estudio literario mucho más profundo.


XLI. Una obra que exige conservarse

La autoedición artesanal posee una paradoja.

Produce objetos únicos.

Pero precisamente por ello puede dificultar su preservación.

Una edición comercial deja cientos o miles de ejemplares distribuidos en bibliotecas y librerías.

Una edición artesanal puede tener tirajes muy pequeños.

Si no entra en archivos públicos, puede desaparecer.

Por eso resulta particularmente importante documentar la producción de St. Clair.

Fotografiar los ejemplares.

Catalogarlos.

Registrar sus datos.

Digitalizar, cuando jurídicamente corresponda.

Preservar manuscritos y materiales editoriales.

La historia literaria del futuro dependerá de esas acciones.


XLII. Anna Georgina St. Clair dentro de las letras sonorenses

Situarla dentro de las letras de Sonora permite además ampliar nuestra concepción de la literatura regional.

Sonora no produce únicamente narrativas del narcotráfico, migración o desierto, aunque estos temas hayan recibido considerable atención crítica.

También produce:

poesía íntima;

escritura femenina;

literatura ecológica;

experimentación editorial;

crónica;

arte interdisciplinario.

St. Clair representa precisamente una vertiente donde la identidad sonorense dialoga con una sensibilidad artística desarrollada después en otras regiones.

La literatura regional no tiene por qué permanecer físicamente dentro de su región.

Puede viajar.


XLIII. Una literatura de la persistencia

Si hubiera que buscar una palabra capaz de reunir varias dimensiones de su trabajo, podría proponerse:

persistencia.

Persisten los árboles.

Persiste la memoria.

Persiste la palabra.

Persiste el libro artesanal frente a la producción masiva.

Persiste la mujer cuya presencia había sido omitida por la historia.

Persiste la escritora que continúa creando fuera de su ciudad natal.

Persiste la materia transformada por las manos.

Y persiste la necesidad de contar.

Esta idea dialoga admirablemente con dos títulos documentados de su producción:

Mientras crecen los árboles.

Conjuros para seguir.

Crecer.

Seguir.

Dos verbos de continuidad.

XLIV. El arte como forma de permanencia

Un árbol crece porque está vivo.

Una persona escribe porque sabe, consciente o inconscientemente, que el tiempo pasa.

Hay algo profundamente humano en fabricar objetos destinados a sobrevivirnos.

Un cuadro.

Una fotografía.

Un poema.

Un libro.

La creación cultural constituye una conversación con el tiempo.

St. Clair parece haber encontrado una forma especialmente material de participar en esa conversación.

No sólo deja palabras.

Deja objetos.

Libros cosidos.

Papeles trabajados.

Cubiertas intervenidas.

Pinturas.

Fotografías.

El arte adquiere cuerpo.


XLV. Consideración final

Anna Georgina St. Clair ocupa un espacio singular dentro de la cultura literaria sonorense contemporánea porque su trayectoria cuestiona las fronteras entre escritora, artista y artesana.

Nacida en Hermosillo y posteriormente establecida en Querétaro, ha desarrollado una actividad que atraviesa poesía, narrativa, crónica, periodismo, pintura, fotografía, edición y encuadernación. Su formación incluye experiencias en artes, humanidades, ciencias y ciencias políticas; su actividad profesional se ha extendido por la enseñanza, el periodismo, la investigación y la asesoría.

Mientras crecen los árboles documenta su presencia dentro del catálogo poético de Orbis Press.

Conjuros para seguir confirma la continuidad posterior de su producción literaria y fue objeto de una conversación pública en 2021.

Su participación en el Encuentro Regional de Escritoras de Querétaro demuestra asimismo su inserción en circuitos contemporáneos de narrativa escrita por mujeres.

Pero quizá una de las imágenes que mejor sintetizan su concepción artística sea aquella edición artesanal realizada en Querétaro en 2016.

Una escritora toma los poemas de otro escritor.

Los lee.

Los interpreta.

Selecciona materiales.

Trabaja el papel.

Marmolea.

Cose.

Encuaderna.

Y transforma las palabras en objeto.

Allí desaparece la antigua separación entre trabajo intelectual y trabajo manual.

La mano que escribe es también la mano que pinta.

La mano que pinta puede ser la misma que cose las páginas.

Y el libro deja de ser simplemente un recipiente para convertirse en parte de la obra.

Tal vez allí se encuentre una de las claves más fecundas para leer a Anna Georgina St. Clair:

la creación entendida como una manera de cuidar aquello que el tiempo amenaza con borrar.

Cuidar una memoria.

Cuidar un paisaje.

Cuidar la palabra.

Cuidar la presencia de las mujeres dentro de la historia.

Cuidar un libro hasta convertirlo en pieza única.

Y continuar.

Mientras crecen los árboles.

Mientras se escriben los poemas.

Mientras una generación entrega sus recuerdos a la siguiente.

Mientras haya alguien dispuesto a abrir un libro y descubrir que entre sus páginas todavía respira la vida de quien lo escribió.


Presentado por Leonardo Reichel Urroz

Imagen generada por Inteligencia Artificial para ilustrar la reseña


Nota documental

Esta reseña distingue deliberadamente entre hechos biográficos documentados e interpretación crítica. La principal fuente autobiográfica localizada es el perfil público de Anna Georgina St. Clair, que registra su origen hermosillense, residencia en Querétaro, estudios, actividades profesionales, producción de diez títulos y trabajo como pintora y encuadernadora. El catálogo de Orbis Press confirma Mientras crecen los árboles y documenta su colaboración artesanal en Alejados del instinto.


Otras fuentes independientes permiten corroborar su participación en el Encuentro Regional de Escritoras de 2019 y la existencia de entrevistas de 2021 dedicadas a Conjuros para seguir. Incluso el dato poco habitual sobre una calle con su nombre encuentra respaldo en documentación catastral y oficial de Hermosillo.


Para una futura investigación monográfica, el paso siguiente debería ser trabajar directamente con los diez libros, las ediciones artesanales, su archivo periodístico y pictórico y entrevistas con la propia autora, pues sólo así podría elaborarse un análisis textual integral de las distintas etapas de su obra.

domingo, 2 de agosto de 2026

El centro late

 

Técnica mixta s. papel.
El centro late
vida que va y viene
conecta  transforma
animal reptante
tienta   oxigena
química sinuosa
tendones arqueológicos
canales que suspiran
sudor hecho aire
alguien llamó a la música 
baile




#poesíagrafica
#poetamexicana
#escritoramexicana

sábado, 28 de marzo de 2026

Casi arrastrada por el mar de fondo, el verdadero descanso y el shock del clima. Visita a Acapulco con Emiliano 4

La realidad está lejos de las imágenes preconcebidas. El deseo de meterse al mar es común entre quienes vivimos fuera de la costa. Es otro idilio con la naturaleza que nos han inventado e introyectado como sinónimo de relajación, tiempo libre de ansiedad y con plenitud vital. 

Entonces ir a Acapulco significa pasársela en la playa, bañados por las olas suaves, dejarse arrullar por el rítmico sonido y estar en contacto con la arena, que es el polvo del mar. En la práctica, eso resultó harto difícil. 

Emi frente al "mar de fondo" en Acapulco.
Atrás, la gran bahía y sus hoteles. 

El primer día en Acapulco en la tarde, no vimos ni escuchamos el mar hasta que llegamos casi frente a él. Una vez dejadas las cosas en el hotel, nos fuimos a buscar una entrada a la playa, pues la Costera estaba toda llena de antros cerrados, sin aigún paso abierto visible. A la puerta de un bar inactivo vi elementos de la Guardia Nacional (decía su nombre en su uniforme), hombres y mujeres, y les pregunté que si dónde habría una entrada a la playa. Ellos me señalaron ahí mismo, entre las sillas levantadas, sin paredes y solo barandales, el camino hacia unas escaleras abajo, de madera oscura y ruidosa tratada con chapopote, que fue como descender con descansos un piso y medio de una casa normal. La vista era impresionante. El mar lejano estaba bastante tranquilo, aunque grandes olas se formaban muy cerca de la orilla. Y en la arena clara, unos cuantos vasos rotos de plástico nos avisaban que a pesar de la mucha limpieza que siempre se realizaba, quedaban restos de actividad humana irresponsable en sus orillas. La bahía está enmarcada por altos hoteles, y en las orillas en algunas partes, se veían rocas o conjuntos de grandes rocas, ahí las olas se estampaban antes de acercar suavemente sus aguas a la playa. 

Entendí por qué es tan visitado, la amplitud del trazo de la bahía es impresionante, aunque también lo son la altitud de los cerros que se veían también urbanizados: en el lado del este de más altos edificios y grandes mansiones, y en su parte del oeste, casas de colores, de todos tamaños. 

Me extasié con el ruido de las olas. Me acerqué al mar en un tramo de la arena mojada que creí seguro, vi cerca de mí cómo se alzaba una ola que se iba haciendo cada vez más grande y cuando extendió con fuerza su brazo hacia la arena me alcanzó las piernas, mojando mi bermuda hasta la parte inferior de mi morral donde traía mi cel, cartera, diario… Me sostuve de pie, regresé rápido casi a gatas hasta la orilla seca, de gusto y miedo me dio risa.  Emiliano sólo me vio, prudentemente resguardado. Así alcancé a librar el embate de la segunda ola que ya estaba abriendo sus fauces para llevarme con ella. Fue cuando supe en carne propia lo que significaba “mar de fondo", que se suponía había llegado en el puente vacacional que acababa de pasar y por lo visto todavía no se aplacaba. 

Después de caminar un poco y observar cómo estaba la parte trasera de muchos de esos antros cerrados, casi al anochecer, procedimos a subir de nuevo hasta la Costera. Ahí vi sentados en los barandales oscuros mirando sus celulares a los elementos de la Guardia Nacional. No se percataron de mi casi accidente, no me hizo falta, qué bueno que no me pasó nada. 

Frente a nuestro hotel estaba Playa Condesa, después hacia el norte la Playa “El Morro”, que vimos luego que tenía el mar muy bonito y estaba lleno de niños, pues ese “Morro” o roca gigante, aplacaba las grandes olas y solo dejaba pasar suaves corrientes de agua. Luego venía la Playa Papagayo, donde comimos un día y que también tenía olas chicas, con rocas que calmaban la energía del Océano Pacífico casi ecuatorial. 

Con la primera experiencia no regresamos al mar en los días siguientes. Sin mar al cual asistir, nos quedamos en el hotel y solo salimos a dar paseos cortos. Frente a la alberca, entendí cuál es el verdadero descanso: dejar de hacer, cambiar de rutinas, tener ayuda. Ya no limpiaba nuestra vivienda, ni salía de compras paseando al perro, cocinaba, resolvía problemas o salía en el carro a nadar. Fue difícil asumirlo porque esas actividades no me disgustan, pero en realidad sí terminó siendo un alivio. El hecho de tener quién cocinara y me sirviera y no hacer otras cosas, fue una novedad, nunca me había liberado de esos quehaceres por completo. Entonces comprendí lo que significa vacacionar en su amplia extensión de la palabra. 

Relajación con alberca, sin vista al mar. 

El último día, vimos cómo se había calmado el mar y nos aventuramos un poquito a caminar hacia nuestro hotel por la playa, pero entre el Morro y la Condesa, una ola inesperada (parece que todas lo son en Acapulco) me mojó el short y mis sandalias, a Emi sus únicos tenis y pantalones que ya se había puesto para subirse al camión. Ahí vi con envidia a dos nadadores de aguas abiertas, entrenando, con su boya reglamentaria que se amarran al cuerpo. Y también observé a un buzo que solo con su careta, snorkel y aletas, se aventuraba a las rocas para sumergirse a ver las maravillas del mundo marítimo. 

Luego vi caminar con solo una camiseta encima y shorts mojados, a una de las nadadoras por la glorieta de la Diana, cargando su boya. Quizá iba a su casa cercana, o al camión o a su coche, no sé, pero apenas así capté cómo me podría bañar en el mar acapulqueño, sin cosas qué dejar en la orilla (porque de seguro alguien se las llevaba) y teniendo algún lugar cerca en dónde resguardarme. Yo no podía dejar a Emi solo con mis cosas y meterme al mar, y él no quería meterse por lo fría que decía que estaba. 

Luego vivimos el shock del clima. Al subirnos al camión para regresarnos a Querétaro, el camión tenía prendida al máximo (o así me pareció) su refrigeración. Y así estuvo todo el camino de regreso. Emi se puso sus bermudas porque era lo único seco que traía, así como las sandalias. Sufrimos frío, yo aún con mi chamarra de algodón y pantalones de mezclilla. Tuve que tapar a Emi con su toalla, afortunadamente seca, en las piernas y pies, para que pudiera estar un poco más abrigado. Todo el regreso estuvimos ateridos de frío. Y al llegar a Querétaro, a las 4 de la mañana, creí que afuera —como me pasó en Chilpancingo y en Cuernavaca— se me aliviaría el frío, con clima más templado. 

Salimos y nos dio en la cara una temperatura aún más baja, aproximadamente 8 grados. Entendí que después de cuatro días nos habíamos acoplado a los 30 grados del día, con poquito más frío en la noche por el aire acondicionado, pero nada qué ver con el Querétaro azotado por una inusual onda fría primaveral.  

¿Y de la contaminación? El mar olía bien, se veía transparente y no había reportes de suciedad en el agua. Mi papá me había dicho, ensalzando la pureza del mar de Bahía Kino,  que el drenaje de la población en muchas ciudades costeras mexicanas, como Acapulco, se vertía al mar. Y eso yo lo vi en Zihuatanejo la vez que fui. En Acapulco vi un arroyito de aguas medio apestosas pero cristalinas que se vertía al mar, en canal saliendo de debajo de la glorieta de la Diana. En el único periódico local que compré, en una nota, decían que ese vertedero era un arroyo con agua limpia que venía de la Sierra. Pero por las dudas nos cuidamos de tocar esa agua sucia y al parecer la gente que rondaba la playa se cuidaba de lo mismo. 

Quién sabe si en la semana santa que viene vuelva la Profepa a definir a la playa Papagayo como un lugar no apto para inmersión de turistas, como otros años. O quizá ya no la contaminan tanto, dicen que las autoridades sí están tomando cartas en el asunto. Ojalá sea cierto. 


jueves, 26 de marzo de 2026

El viaje interior, el jueves pozolero con travestis y las ilusiones no cumplidas. Visita a Acapulco con Emiliano 3


Viajar a lugares desconocidos es también hacer un viaje interior, diría Nietzsche en un texto que leí mi primer día en Yautepec, en la cafetería de Alejandra. 

El viaje interior inició antes de salir, con las preguntas que me hacía sobre Acapulco, sobre todo relacionadas con el reinicio de actividades turísticas después de Otis, que yo había visto en las noticias. También tenía el plan de visitar un velero escuela de la Secretaría de Marina, que vi en una foto atracado en Acapulco y abierto a turistas, además de visitar algún museo de la cultura local. Definitivamente yo quería bañarme en el mar.

En cuanto a Emi, ese fue otro cantar. Él no quería salir, y su determinación semanas atrás de quedarse acompañado a veces por su hermano, que trabaja tiempo completo, me llevó también a varias preguntas personales. ¿Qué tanto quería estar sola sin Emi? ¿Qué tan viables eran mis fantasías de viajar sola por el mundo no conocido dentro y fuera de mi país? Me pareció apropiado el momento, ya que Emi estaba decidido a no salir. Le pregunté que si qué haría solo: hacerse solo de comer, a pasear al perro, ver la tele sin interrupciones, platicar con sus gallinas, irse  en camión a nadar o al cine.  Para tratar de convencer a Emi de irse conmigo, le dije que seguramente habría caballos qué cabalgar en la playa.

Pero no lo convencía, y la fecha de salida se acercaba. Pensé que era un signo de madurez de Emi querer pasar unos días lejos de mí, pues ya tiene veintisiete años. Pero no esperaba lo que me pasó a mí. 

Me puse muy triste, cansada, perpleja. Lloré a solas con un video triste y pensé que eran mis pérdidas familiares, que han sido muchas, las que me regresaron a esa etapa de mi duelo. Después de varios días abatida, entendí la razón: me dolía que Emi no fuera conmigo, estaba muy acostumbrada a su presencia, era una especie de ancla que me había detenido a hacer muchas cosas estúpidas e impulsivas en mis viajes. Su compañía me era necesaria, por más “carga” que yo sintiera que llevaba cuando salíamos. Porque me cuido y lo cuido a él, que no se quede atrás, que coma apropiadamente, que se cambie, bañe, etc.  Me dio el síndrome de “nido” vacío, esta vez un nido viajero. Así se ha de sentir cuando tus hijos quieren irse de casa y se van, pensé. 

Pero faltando tres días para salir, y a punto de comprar mi boleto de camión por internet, se decidió a acompañarme. Yo suspiré aliviada, le pregunté varias veces y me reafirmó que siempre sí se iba conmigo. Sé que lo convenció la seguridad de que no se iría en nuestro coche, porque disfruta mucho andar en camión, más que yo. Y los caballos, y la posibilidad de tatuarse con henna, y comer en restaurantes. Y así nos fuimos. 

Esperando el pozole desde un antro, en Playa Condesa. 

Ya en Acapulco desde el primer día me encontré con esa extraña mezcla de lugares nuevos o reconstruidos y otros abandonados, llenos de maleza y salitre negro, unos en medio uso, otros activos. Muchos comercios a la orilla de la playa, destrozados en su parte trasera, aunque con el frente arreglado. Y se hizo más evidente el daño causado por el huracán, viendo las construcciones desde la playa. Ahí vimos amontonadas sillas y mesas ya oscuras por el efecto de la sal marina en la parte trasera de algunos negocios. En otros, presumiblemente abandonados, se habían asentado personas sin techo, con cortinas o telas viejas como paredes sostenidas por palos, se veían los restos de alguna fogata en la puerta. 

Detrás de las apariencias, los restos de Otis. 

De lunes a miércoles, sobre todo de noche noté muchos antros cerrados, en la Costera frente a nuestro merendero. El jueves amanecí con ganas de pozole verde, que no había probado allá y que es típico de Guerrero. Salimos y  arribita de la esquina del Oxxo había un letrero grande de cartón, sobre un carrito viejo, que decía POZOLE. Nos acercamos pero no me convenció la cochera que unos apurados señores de la tercera edad, empezaron a desocupar y limpiar. Bajamos al merendero y llegó después de nosotros una pareja que pidió, sin dudarlo, pozole. Yo quería que comiéramos en otra parte, así que desayunamos lo habitual y subimos a descansar la comida frente a la alberca yo, y Emi a ver telenovelas con temas del viejo testamento bíblico. 

Platiqué con la encargada del hotel que ahí cerquita había un puesto de pozole que antes no estaba. Me dijo que sólo los jueves se ponen, porque en Acapulco el jueves es pozolero. Así que a la hora de comer bajamos a la Costera, y me encontré que un antro ahora estaba abierto, con mucha música, una pantalla gigante (como seis tv trasmitiendo juntas) y mucha gente. Y un letrero: “Hoy jueves pozolero, 2x1 , y muchas sorpresas más”. 

Cruzamos la calle, y me acerqué a preguntar. Estaba terminando una reunión de promotores turísticos de Acapulco, tenían lleno el local. ¿El costo de la comida? Dos platos por $160 pesos, el plato de botanas aparte. Nos dejaron entrar, nos instalamos en una mesa frente al mar, pedimos pozole verde con la botana adjunta, y escuchamos el final de los planes de la reunión: promover Acapulco en muchas partes lejanas del país (escuché Monterrey, Guadalajara y Tijuana), “sin olvidar” a los habitantes de arriba, de los cerros adyacentes del puerto. Luego ensayaron la batería y guitarras eléctricas en el escenario. Y las meseras sacaron las bandejas llenas de humeantes cazos medianos de barro llenos del caldo verde espeso con puerco o pollo, granos gigantes de maíz reventado, y platos con un sopesito, tostada, flauta, aguacate, limones, chicharrón, trozo de carnitas, cebolla troceada, chile seco molido… Tardaron en servirnos pero valió la pena, el lugar no tenía una silla vacía. 

"¿Me estás oyendo, inútil?", decía Paquita la del Barrio. 

Cuando se alejaron los practicantes del grupo musical, dio principio el show una muy buena imitadora travesti de voz y presencia de “Paquita la del Barrio”, que nos tuvo a todos rise y rise entre cucharadas y masticadas. Luego apareció “Yuri”, usando pista de canciones y diciendo chistes más colorados.  Frente a mí, una niñita morena con manchas de desnutrición en la cara que apenas alcanzaba la mesa, comía tímidamente con otro señor moreno a su lado, de seguro un familiar. Pensé en el banquete que se estaba dando y que seguramente tenía más años de los que aparentaba. Ella era hija de los cerros, de empleados y empleadas por las grandes empresas turísticas que han caracterizado a esa ciudad desde generaciones. Que si un Otis les tumbó a los empresarios un negocio y una inversión, a los habitantes marginados les arrebató su casa, sus pocas pertenencias, sus electrodomésticos o los muebles donde vivían. 

Incluso pudiera ser que también las imitadoras de cantantes famosas fueran hijas de los cerros. Para eso, ya nos habíamos cansado del ruido, así que nos fuimos entre la algarabía que detenía coches en la Costera. Anunciaron después de las cantantes a un grupo cubano de rock, se escuchaba muy bueno por cierto. Su música nos acompañó cuando subíamos al hotel, de lejos. Me alegré de no ser ya tan fiestera, tan aficionada a la música con la bebida, porque hubiera sufrido por no poder quedarme. Lo que traen los años, quién lo hubiera pensado. 

Un "Chiriki"  bajado de los cerros, tomando sombra. 


Pregunté por el velero-escuela, sólo viene en temporadas altas, me dijeron. Ahorita anda navegando por el mar, quizá en Semana Santa venga. 

De museos, no los busqué pero en el Google sólo me aparecían parques, hoteles, restaurancitos, otros negocios y el mar. En cuanto a bañarme en el mar, les platico en la siguiente y última entrega. 

¿Y mis caballos? Emi hasta el final recordó. No creo que haya por aquí, le aseguré, estábamos en el Acapulco viejo y tradicional. En el nuevo, de los complejos turísticos y nuevas residencias y colonias exclusivas, quizá los tengan. O precisamente los sacan en las temporadas altas, con mucha afluencia poblacional. No gracias. 


miércoles, 25 de marzo de 2026

Comida, artesanías y transportes. Visita a Acapulco con Emiliano 2.

 Los cuatro días, porque  estuvimos de lunes a viernes, fueron un ir y venir caminando del hotel a partes cercanas. Visitamos el Tianguis Turístico La Diana, mercado muy grande con multitud de puestos de pequeños productores y comerciantes de artesanías, ubicado en una de las esquinas de la glorieta de una escultura de tamaño natural de una Diana Cazadora. Ésta era una copia de la defeña, también desnuda, frente al mar, siendo el centro del puerto y un lugar común de ubicación del resto de los lugares del Acapulco tradicional. 

La Diana acapulqueña, en una hermosa base de concreto. 

En el Tianguis Turístico vendían toda la parafernalia para visitantes, a precios muy asequibles. Ahí Emi adquirió llaveros, imanes, y yo un dije chiquito de plata  (no hay que olvidar que Taxco es la capital platera de nuestro país), camisetas y hasta unos huaraches de cuero bordados con flores, que me puse dos veces pero como me sacaron ampollitas,  los guardé para presumirlos puestos y no caminar mucho con ellos. 

El gran mercado de artesanías, uno de varios de Acapulco. 

En el puesto de los huaraches de cuero, me asombré  de la venta de esculturas de palo fierro, cortadas rústicamente, algunas figuras nada tenían qué ver con la naturaleza del desierto de Sonora. Me llamó la atención que incluso uno de los osos tenía la característica “mano” del mismo material, incrustado en un agujero de su tamaño, como centímetro y medio, que se usa para moler el chiltepín. El vendedor no sabía para qué era y yo me solacé en explicarle, como buena sonorense que soy. Y también le pregunté si sabía del origen de esas piezas de madera dura y pesada, él no sabía. Así que le platiqué de los artesanos de Kino Viejo, las características de la madera, etc. Tanta sería mi emoción que hasta un vendedor de un puesto vecino se acercó a escucharme. 

Yo me sorprendí a mí misma, cuánto conozco y cuánto extraño esa región en la que crecí. Mis raíces están allá. Dicen que infancia es destino, no lo sé. Por lo menos es cultura que nunca se olvida y de la que estoy orgullosa. 

También fuimos descubriendo lugares baratos para comer cerca. Ya me había dicho Mary, que siempre había comederos baratos cerca de los hoteles. En la Costera nos encontramos uno, tenía de todo: desayunos, comidas corridas, tacos, tortas, guisos de pescados y mariscos, cenas, frutas, ensaladas (no tan frescas ni tan buenas pero las tenían). Hasta pozole de los tres colores (blanco, rojo y verde) tenían todo el día. Y el omelette de claras con muchas verduras que me recomendaron para mi dieta anticolesterol, aunque con mucho más aceite de lo que yo  le pongo. Yo tenía ganas de probar el pozole verde, típico de Guerrero,  sí tuvimos la suerte. Cómo fue,  se los platico en la siguiente crónica. 

Exquisito omelette de claras con champiñones y dos ensaladas, 
fue un desayuno ideal. 

Pues para no errarle, ahí comimos los dos primeros días, luego caminamos más lejos por la Costera y dimos con otro merendero, más barato y con una oferta de comida un poquito diferente. Un día desayunando me tocó platicar con una pareja de jubilados que me recomendaron, para pescados y mariscos, el Bocana, en la playa Papagayos. 

Así que nos aventuramos a la playa Papagayos otra vez, y resultó que ese restaurant era al que fuimos el primer día para usar el baño. Y no estaba tan caro pero sí, más que en Querétaro, que es mucho decir. Vamos a las playas a comer pescado pero resulta que muchas veces usan el mismo pescado (tilapia -probablemente de granjas chinas-, según me dijeron) que se vende en el centro del país, con la única diferencia del  precio turístico, o sea más caro. Los mariscos no los probamos, a Emi no le gustan y yo estoy restringida por la misma dieta. De todos modos no me aventuré a ellos, ni siquiera a los camarones, pensando en que era más fácil ocultar si me podrían hacer daño. 

Pero nos sentamos para comer el pescado en una palapa frente al mar, frente a las olas, no a su alcance, y después nos quedamos otra hora nomás viendo. Y se nos acercó lo que esperábamos: un tatuador de henna que le hizo las delicias de la vida a Emiliano, con dos tatuajes, uno en cada brazo. El tatuador platicó que había vivido en Puerto Peñasco y en Topolobampo, trabajando como albañil, “muy pesado el calor”, me dijo. Y comentó  lo peligrosa que es la carretera de Sonoyta, o atravesando Carborca, yo coincidí con él. Páramos difíciles pero increíblemente hermosos en su soledad. Ya no seguimos platicando, no alcancé a preguntarle porqué se regresó y no se quedó allá. Pero la tierra, la sangre llama, lo sé. Y me dijo que tenía un local para tatuar con tinta, es decir, había alcanzado a hacer su negocito, qué iba a andar haciendo hasta allá pasando calores y peligros. 

Me sorprendió mucho el alto nivel de ruido de la Costera. Tardé días en reconocer el pitido de los viejos camiones por toda la calle, así se anuncian para quien no los está esperando, quizá para que corran si les falta alguna cuadra para alcanzarlos o no vean bien. Todos los restaurantes, incluido el merendero que más frecuentamos, tenían grandes televisiones con bocinas a un lado, con música casi ensordecedora, desde la mañana, con el ruido más alto en la tarde y en la noche. Es una forma de atraer clientes, imagino, pues equiparan playa a fiesta, fiesta con alcohol y  ruidos altos en forma de música, algo que yo vi que a la mayoría de los visitantes les gusta y toleran. No es el caso de Emi ni el mío. 

Desde la primera noche del lunes, observé motos jalando unas estructuras muy endebles iluminadas con foquitos navideños rosas, blancos o azules, con dibujitos de caricaturas pegados en las llantas. Tenían forma de carrozas de Cenicienta, pero al preguntar a los meseros me dijeron que son las calandrias, una versión acapulqueña de las pulmonías de Mazatlán, transporte recreativo para turistas y familias en las calles del puerto.  

Una calandria con paseantes nocturnos.  

A los puesteros del Mercado Artesanal les pregunté que si no tenían calandrias como llaveros o imanes para refrigerador, me dijeron que como muchas artesanías que venden ya son chinas (sólo les cambian el nombre de la ciudad), allá no saben de esta modalidad de paseo típica de Acapulco, pues yo no las había visto en ninguna otra playa. Yo tengo un llavero con una pulmonía en miniatura que adquirí en Mazatlán, me pareció un recuerdo muy bonito de cuando fuimos allá. Me platicaron también que esas calandrias  antes recorrían la Costera jaladas por caballos, pero que hubo críticas de los defensores de los derechos de los animales, y los quitaron. No creo que el daño fuera a los caballos por jalar una carreta, sino por exponerlos al alto nivel de ruido, de tráfico y sus cascos al cemento o asfalto calientes. 

El día que regresamos del restaurant Bocana, tomamos otro camión, pero éste traía aire acondicionado, entonces nos costó un peso más el viaje, trece pesos. Limpios y llenos, me recordaron los grandes camiones de Hermosillo donde subir en el centro era un pleito de manotazos y empujones, quedarnos era un sauna ardiente, y para bajarnos sólo había qué gritar ¡BAJAN! y se detenía donde estuviera, sin paradas preestablecidas. Y yo le pregunté al chofer del camión acapulqueño “¿cómo dicen aquí para bajar?” y él con risas me dijo “aquí me bajo” y nada más. Me dio risa su risa, qué recuerdos me trajeron esos ruidosos super camiones.