Era el día ideal para estar ahí, con el autor de tantas
canciones que me mueven tan profundo cada vez que las escucho. O sabiendo que
iba a estar cerca de un personaje tan entrañable, me fui poniendo melancólica
en el camino a Dolores Hidalgo.
Como todos, tengo días en donde paseo conmovida por el
mundo. Algo dispara las lágrimas, mucho
tiempo guardadas. Y afloran los mismos recuerdos de lo perdido, básicamente
relaciones humanas con personas que ya no están “en este mundo”, como dice Caminos de Guanajuato.
Y quién mejor para hablar de lo vano y lo importante que él,
que murió prematuramente (47 años) víctima de cirrosis hepática. Y él lo
decidió así, pues para sobrevivir a la afectación fue advertido que debía dejar
de ingerir alcohol. No pudo y no quiso.

Yo me sabía todas sus canciones más famosas. Las tarareaba junto con otros visitantes a la casa en el centro de Dolores. Una casa vieja muy conservada, con patios interiores y cuartos que dan paso a otros. Con fotografías, ropa, documentos varios de su vida, desde sus primeros años en su pueblo hasta que la fama lo alcanzó ya viviendo en el Distrito Federal, hoy Ciudad de México.
Vida meteórica al estrellato, a los reconocimientos, a las
giras nacionales e internacionales. Dinero (no lo he podido contar, dijo) a
puños, buscando y recibiendo lo que más ansiaba: el reconocimiento popular, el
aplauso y el cariño de la gente: esos me los llevo a la tumba, dijo en Gracias.
Si, forma parte de mis metáforas cotidianas, su expresión
simple y elegante de los sentimientos se integró (precisa Monsiváis en un
cartel ubicado en alguna de los cuartos) a la interpretación de los más
distintos momentos de mi vida, como la de millones de latinoamericanos.
Cuando me siento triunfadora, “sigo siendo el rey (reina)”. Si
no quiero seguir con esa relación, “voy a dejarte el mundo para ti solita(o)”.
Cuando inicio una relación “desde el día que llegaste a mi vida, Paloma
querida, me puse a brindar”.
Amores profundos, duraderos o no. Serenatas que me cantaron:
“deja que salga la luna”…Letras con sencillas melodías que llegan al corazón,
al alma y dejan aflorar la tristeza, la valentía, el cariño, la vulnerabilidad.
Esos sentimientos que no sirven para ser ordenado, para sacar las cuentas, para llegar
temprano a donde se tenga que llegar, para cumplir plazos y superar los
objetivos.
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La primera lápida en su tumba. |
Esos que emergen con los recuerdos de quienes se nos adelantaron.
Que los conocemos cuando la ausencia de alguien nos provoca dolor, extrañeza,
pulsión para buscarlos y rogarles que vuelvan. Sin soberbia, sin rencor, con
una Entrega total.
No son, como dicen muchos, canciones de borrachos. Lo que
sucede es que provocan un estado de emotividad tal que es difícil sucumbir a él
sin remitirse a la bebida alcohólica, así para terminar de dar rienda suelta a
las emociones de una vez.
Yo me tomé una cervecita con la comida, pero ya andaba
movida. El regreso a Querétaro fue aderezado con el streaming del cantautor. Mi papá, que lo cantaba y admiraba
muchísimo, iba cantando conmigo sus canciones, bebiendo cada lágrima que me
dificultaba enfocar las luces de la carretera.
De tantos muertos se va poblando el alma, que a veces le
falta respirar aire de vida. Sacarla a renovar su luz, aunque arrastre
recuerdos, es necesario.
Entonces, entendemos que en algo José Alfredo se equivocó:
sí vale la vida, aunque lloremos.O precisamente porque la podemos llorar.
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