martes, 17 de mayo de 2011

Las Jitanjáforas de Alfonso Reyes

Desde que vi la lista de sus artículos, el vocablo me llamó la atención; al llegar al penúltimo de La experiencia literaria me lo encontré de frente. ¿Qué es?, o más bien ¿qué son?
Y Reyes, en su magnífico manejo de la tensión –como asiduo lector de género policíaco que fue- no me lo decía todo; primero me platicó de dónde sacó el vocablo, luego, a través de sus páginas plagadas de sonidos, ritmos y clasificaciones de los onomatopéyicos y trabalingüísticos sonidos versificados, cantados, rumiados y tartamudeados, entendí lo que de genial tenía esta definición. O mejor un ejemplo:
A mo a tó
Matarile rile ron

En tránsito entre el gorjeo y el rebuzno, la versión popular de las Jitanjáforas de Reyes, dicen y no significan, se dirigen al oído que palpita con los tambores y se sublima con los violines.
En plena época moderna de la literatura –décadas treinta y cuarenta del S. XX-, plantea que los experimentos surrealistas, dadaístas y otras, de usar sonidos para crear poesía y entrar a la subterránea mezcla de neblina, lenguaje y recuerdos del Finnegans Wake joycianas, las Jitanjáforas ya se escribían siglos atrás, y en todos los idiomas. Exhibe la existencia de ellas en inglés, francés, portugués, italiano, idiomas que dominó.
Las Jitanjáforas reyesianas abarcan no sólo los sonidos sin sentido aparente sino también los versos en donde se cultiva la ilogicidad, el torcimiento de la palabra para hacerla entrar en la rima o nomás porque sí, sin llegar a ser una metáfora pulcra o una sabia referencia. Esta fue propia de algunos escritores que precedieron la explosiva libertad artística que rodeó a Reyes en la gestación del texto que nos ocupa. Solo se requería hacer arrullar a un niño inquieto por parte de una madre cansada, u oir hablar a un loco en una obra molierana de teatro (ejemplos formalmente citados en el artículo original) para darnos cuenta de la amplitud que las Jitanjáforas abarcaban.
Gracias a Librolandia , tuve en mis manos durante mi niñez, una traducción literal de Alicia en el País de las Maravillas, con sus ilustraciones originales. Lewis Carroll me confundió y obligó a releer varias partes, de lo disparatadas que eran. Recuerdo el monólogo de una lagartija, escrita en letras de tipo grandes, que se iban reduciendo al tiempo que dibujaban en el papel una ondulante cola. Ese fue mi primer encuentro con el manejo tipológico y gráfico de las palabras. El monólogo era una sarta de nostálgicos dislates. Recuerdo haber pensado cómo sería posible que EN UN LIBRO eso pudiera escribirse, no producto de errores tipográficos, y que finalmente todo el texto se integrara en una extraña lógica, fuera de la simple formalidad directa de las palabras a la que yo estaba acostumbrada. El libro, por enigmático, me absorbió un tiempo, pero luego lo dejé, enojada por el sinsentido.
¿Palabras inconexas? ¡Ejercicio levreriano de mi maestra Simón, que a quienes tratamos de realizar nos hacía entrar a los terrenos de Artaud y Breton! Simular locura, era un trabajo harto difícil, pero una vez encontrada la hebra y enredándola a propósito, el chiste (¿o tormento?) era no dejar que se desenredara demasiado pronto (y surgiera lógica evidente en donde no queríamos que la hubiera) o nos metiéramos tan profundo que, al modo de Verne del Viaje al Fondo de la Tierra, ya no encontráramos salida al sol y mientras más avanzáramos, más cerca del infierno (perdón Sagan, al núcleo hirviente). Y ahí olvidáramos el hilo ante la quemadura de neuronas.
Quizá por la amplitud de significados que Reyes otorgó al concepto de Jitanjáforas, el vocablo no es usado más que como una rareza culta. He buscado en Internet y encuentro que el término, además de ocupar un espacio en las definiciones literarias mexicanas, en Colombia es más recurrido: incluso hay un programa de radio titulado “La hora de las Jitanjáforas”, así como varios blogs literarios que lo ocupan.
En fin, yo quería comentar todos los artículos de La experiencia literaria, pero sus Jitanjáforas me dieron risa, atrajeron, provocaron e inspiraron emociones en mí que no todos logran. Termino con una equivalente sueca al tin marín de do pingüé:

Uble duble dof
Kinke nane kof
Kofe nane dinke nane
Uble duble dof



Querétaro, Qro., a 18 de febrero del 2011.

viernes, 28 de mayo de 2010

Algas para la memoria



Y agarró fuerza. No supieron cómo, pero ese mar antaño calmado y a veces medio agitado, se convirtió en un gran cuenco que se derramaba sobre la playa. Llegó entonces a la casa de Mormor, que ese fin de semana tenía a su nieta Magui con ella.
Durante la noche, el viento azotaba la única ventana que daba directo al mar. la casita ólo la separaba una cerca oxidada de la playa. Desde la puerta de entrada se veía la playa y, arena de por medio, las otra casas que, esas sí estaban construidas en alto, sobre una de piedras. En sentido contrario al mar, hacia el desierto, estaba el Trailer Park. Unos metros más adelante, cerros rodeados de desierto.

Me querías para ti, sólo para ti, y en esos esfuerzos que hiciste por llevarte mi cuerpo, terminaste abarcándome toda, sin cuerpo, sólo en mi memoria, en mi dormitar.

La casa blanca de bordes azules no quería alturas, quiso estar a ras del mar. Por eso las olas la atacaron primero en esa gran tormenta de septiembre.No les gustaba esa irritante cercanía, esa intromisión en los asuntos íntimos. El mar susurra secretos de noche que sólo quiere que sean escuchados por las gaviotas o por los enamorados que yacen escondidos en la arena tibia. La niña los escuchaba desde su recámara, la única en la casita, cuando abría las ventanas de madera cubiertas con mosquiteros también ya oxidados. Los suspiros de las olas al regresar frotándose sobre la arena, así como el chasquido leve entre los caracoles vacíos de las orillas al acompasarse con el agua calmada, ida y vuelta, eran los sonidos más bellos y subyugantes. Magui los entendía.
En Kino Nuevo estaban las casas de los ricos de Hermosillo y de los gringos que pasaban en ese pueblo los inviernos. El resto del año casi siempre las veían vacías.
Ese no era el caso de Mormor,“mamá de tu mamá” en sueco. Recién llegó de Suecia, decidió irse a vivir al mar, cerca de su única y adorada nieta que vivía en la capital con sus padres. La casa que rentaba estaba nueva, y el primer año que la habitó resultó perfecta.
La niña no sedejaba devorar por la fuerza del mar. Su abuelasabía cúando metersemar, sabía resistirlo. La niña era frágil, ella lo amaba pero también desde muy pequeña aprendió a temerlo.
Desde el día anterior,al mar lo trae desgreñado esa fuerza intensa del viento, lo empuja a subir la arena amarilla, a traerse las algas arrancadas hacia las olas, cada vez mas grandes.ese mar lehace falta ella.
En la noche el rumor se siente muy cerca, las olas azotan con furor la playa cada vez más cerca de la reja quelo separa decasa.
Al llegar la madrugada,sube ayudado por la ira del temporal, por el caos. Sube por la arena, sus olas quieren alcanzarla. No esta lejos, la casita contiene a Magui, él la había escuchado por las ventanas, y hacia ella se dirige.
Rooooaaaar….. jiiiiiiisssss……..rooooaaaaar el agua alcanza el cerco, otra ola rooooaaaaaar y llega a la puerta. jiiiiiisssss la quiere atrapar, su abuela está con ella, el mar la ve desde la espuma algosa y llena de arena, ella trae sus pantalones cortos, el cabello despeinado, con dos restos de trenzas en la nuca. Mormor, su pijama de franela blanca, la agarra del brazo,el agua revuelta entra por la puerta,las toma de los tobillos y les llega a las rodillas. Mueve las sillas, se sube a la cama, pero jiiiisssss debe regresar, intenta de nuevo entrar con más fuerza. Se la quiere traer consigo, succionarla con la fuerza de regreso, pero la abuela la detiene.Salen por la puerta se dirigen hacia arriba, hacia la calle, suben por la ladera que hace de cochera.
Roooooaaaaaar, llega al techo la gran ola, la niña alcanza a subir por la cuesta de arena y piedras, mar inunda la casa con su fuerza, pero se escapan. Siempre quiso tragársela viva, para que formara parte de su sal, de las rocas, de los peces, erizos, almejas. Pero no pudo arrancarla del brazo de la abuela, jiiiiiiissss, remoja los muebles,atora la silla en puerta y baña las paredes de la casa con su enojo, absorbe el olor infantil en las muñecas que sí alcanza a arrastrar hasta su seno.
El mar ve a Magui que, hipnotizada ante sus estruendos, se detiene por un momento, junto al camino.Jiiiiiisss. Su abuela la sacude, carga su bolsa en una mano y con la otra la toca en el hombro y le dice despierta, mijita, ven conmigo, allá está cerca el cerro, mira el camino.
Más furia, , vuelve sobre el techo, es inútil, jiiiiiiissss, le cuesta darse por vencido. La niña, entre más crezca, más podrá resistirlo. Le deja en la casa pedazos de sus dentros, arena revuelta con algas y caracoles vacíos ofrendados de alguien que, rechazado, horas después se retira de donde vino.

He reconstruido lo que pasó, la historia que he recreado se ha tornado tan real que casi creo que lo que mi abuela me dijo, de que intentaste por llevarme contigo, fue cierto. Lo lograste. Te traigo tan hondo que cada vez que te siento, creo que sí me llevaste contigo.
Aprendí tu lenguaje, me quedé con tus secretos.
He recordado casi todo, helos huecos con mi imaginación. Pero lo creo tanto que ya es cierto, por eso certifico que lo que de contar es la marítima verdad.

Publicado en el libro  "De tejidos marítimos, viudas y tangas. Relatos" (2013), autoedición.

martes, 19 de enero de 2010

"Antes del Invierno", cuentos de Eric Nepomuceno.

Te acompañé, siempre, en tus esperas y en tus arribos a lugares antaño conocidos ahora cambiados. Busqué contigo a la mujer-niña delgada, de cabellos negros y ojos grandes, negros también. Sentí tu soledad, tu desasosiego, tu nostalgia por aquellos momentos que nunca fueron y que nunca vendrán. Tus adioses interminables, tus pueblos interminables, tu búsqueda por tu abuelo a través de alguien que lo acompañó y no te habló, aunque te reconoció.
Lamenté tu decisión, en parte involuntaria, por ser parte de la tropa rebelde, dizque revolucionaria, para atropellar vilmente a esa muchacha que se les atravesó por el camino. Lo mismo lamenté el atropellamiento de los rebeldes por parte de la tropa oficialista, en la que tú estabas presente. Rebeldes es decir una familia, niños incluidos. Qué lamentable naturaleza, qué dureza y qué animalidad el estar en una organización castrense, del signo que sea.
Me llevaste y me trajiste, me asustaste y, sobre todo, me dejaste con un sabor nostálgico en mi imaginación. Así debe ser el exilio, pensé; luego entendí que yo también soy exiliada de mi propia tierra y que por eso, antes del invierno, quiero ir y no encuentro el camino de salida.
Nepomuceno, Eric. Antes del invierno (cuentos) Martín Casillas Editores. México 1984.