miércoles, 25 de marzo de 2026

Comida, artesanías y transportes. Visita a Acapulco con Emiliano 2.

 Los cuatro días, porque  estuvimos de lunes a viernes, fueron un ir y venir caminando del hotel a partes cercanas. Visitamos el Tianguis Turístico La Diana, mercado muy grande con multitud de puestos de pequeños productores y comerciantes de artesanías, ubicado en una de las esquinas de la glorieta de una escultura de tamaño natural de una Diana Cazadora. Ésta era una copia de la defeña, también desnuda, frente al mar, siendo el centro del puerto y un lugar común de ubicación del resto de los lugares del Acapulco tradicional. 

La Diana acapulqueña, en una hermosa base de concreto. 

En el Tianguis Turístico vendían toda la parafernalia para visitantes, a precios muy asequibles. Ahí Emi adquirió llaveros, imanes, y yo un dije chiquito de plata  (no hay que olvidar que Taxco es la capital platera de nuestro país), camisetas y hasta unos huaraches de cuero bordados con flores, que me puse dos veces pero como me sacaron ampollitas,  los guardé para presumirlos puestos y no caminar mucho con ellos. 

El gran mercado de artesanías, uno de varios de Acapulco. 

En el puesto de los huaraches de cuero, me asombré  de la venta de esculturas de palo fierro, cortadas rústicamente, algunas figuras nada tenían qué ver con la naturaleza del desierto de Sonora. Me llamó la atención que incluso uno de los osos tenía la característica “mano” del mismo material, incrustado en un agujero de su tamaño, como centímetro y medio, que se usa para moler el chiltepín. El vendedor no sabía para qué era y yo me solacé en explicarle, como buena sonorense que soy. Y también le pregunté si sabía del origen de esas piezas de madera dura y pesada, él no sabía. Así que le platiqué el origen entre los artesanos de Kino Viejo, las características de la madera, etc. Tanta sería mi emoción que hasta un vendedor de un puesto vecino se acercó a escucharme. 

Yo me sorprendí a mí misma, cuánto conozco y cuánto extraño esa región en la que crecí. Mis raíces están allá. Dicen que infancia es destino, no lo sé. Por lo menos es cultura que nunca se olvida y de la que estoy orgullosa. 

También fuimos descubriendo lugares baratos para comer cerca. Ya me había dicho Mary, que siempre había comederos baratos cerca de los hoteles. En la Costera nos encontramos uno, tenía de todo: desayunos, comidas corridas, tacos, tortas, guisos de pescados y mariscos, cenas, frutas, ensaladas (no tan frescas ni tan buenas pero las tenían). Hasta pozole de los tres colores (blanco, rojo y verde) tenían todo el día. Y el omelette de claras con muchas verduras que me recomendaron para mi dieta anticolesterol, aunque con mucho más aceite de lo que yo  le pongo. Yo tenía ganas de probar el pozole verde, típico de Guerrero,  sí tuvimos la suerte. Cómo fue,  se los platico en la siguiente crónica. 

Exquisito omelette de claras con champiñones y dos ensaladas, 
fue un desayuno ideal. 

Pues para no errarle, ahí comimos los dos primeros días, luego caminamos más lejos por la Costera y dimos con otro merendero, más barato y con una oferta de comida un poquito diferente. Un día desayunando me tocó platicar con una pareja de jubilados que me recomendaron, para pescados y mariscos, el Bocana, en la playa Papagayos. 

Así que nos aventuramos a la playa Papagayos otra vez, y resultó que ese restaurant era al que fuimos el primer día para usar el baño. Y no estaba tan caro pero sí, más que en Querétaro, que es mucho decir. Vamos a las playas a comer pescado pero resulta que muchas veces usan el mismo pescado (tilapia -probablemente de granjas chinas-, según me dijeron) que se vende en el centro del país, con la única diferencia del  precio turístico, o sea más caro. Los mariscos no los probamos, a Emi no le gustan y yo estoy restringida por la misma dieta. De todos modos no me aventuré a ellos, ni siquiera a los camarones, pensando en que era más fácil ocultar si me podrían hacer daño. 

Pero nos sentamos para comer el pescado en una palapa frente al mar, frente a las olas, no a su alcance, y después nos quedamos otra hora nomás viendo. Y se nos acercó lo que esperábamos: un tatuador de henna que le hizo las delicias de la vida a Emiliano, con dos tatuajes, uno en cada brazo. El tatuador platicó que había vivido en Puerto Peñasco y en Topolobampo, trabajando como albañil, “muy pesado el calor”, me dijo. Y comentó  lo peligrosa que es la carretera de Sonoyta, o atravesando Carborca, yo coincidí con él. Páramos difíciles pero increíblemente hermosos en su soledad. Ya no seguimos platicando, no alcancé a preguntarle porqué se regresó y no se quedó allá. Pero la tierra, la sangre llama, lo sé. Y me dijo que tenía un local para tatuar con tinta, es decir, había alcanzado a hacer su negocito, qué iba a andar haciendo hasta allá pasando calores y peligros. 

Me sorprendió mucho el alto nivel de ruido de la Costera. Tardé días en reconocer el pitido de los viejos camiones por toda la calle, así se anuncian para quien no los está esperando, quizá para que corran si les falta alguna cuadra para alcanzarlos o no vean bien. Todos los restaurantes, incluido el merendero que más frecuentamos, tenían grandes televisiones con bocinas a un lado, con música casi ensordecedora, desde la mañana, con el ruido más alto en la tarde y en la noche. Es una forma de atraer clientes, imagino, pues equiparan playa a fiesta, fiesta con alcohol y  ruidos altos en forma de música, algo que yo vi que a la mayoría de los visitantes les gusta y toleran. No es el caso de Emi ni el mío. 

Desde la primera noche del lunes, observé motos jalando unas estructuras muy endebles iluminadas con foquitos navideños rosas, blancos o azules, con dibujitos de caricaturas pegados en las llantas. Tenían forma de carrozas de Cenicienta, pero al preguntar a los meseros me dijeron que son las calandrias, una versión acapulqueña de las pulmonías de Mazatlán, transporte recreativo para turistas y familias en las calles del puerto.  

Una calandria con paseantes nocturnos.  

A los puesteros del Mercado Artesanal les pregunté que si no tenían calandrias como llaveros o imanes para refrigerador, me dijeron que como muchas artesanías que venden ya son chinas (sólo les cambian el nombre de la ciudad), allá no saben de esta modalidad de paseo típica de Acapulco, pues yo no las había visto en ninguna otra playa. Yo tengo un llavero con una pulmonía en miniatura que adquirí en Mazatlán, me pareció un recuerdo muy bonito de cuando fuimos allá. Me platicaron también que esas calandrias  antes recorrían la Costera jaladas por caballos, pero que hubo críticas de los defensores de los derechos de los animales, y los quitaron. No creo que el daño fuera a los caballos por jalar una carreta, sino por exponerlos al alto nivel de ruido, de tráfico y sus cascos al cemento o asfalto calientes. 

El día que regresamos del restaurant Bocana, tomamos otro camión, pero éste traía aire acondicionado, entonces nos costó un peso más el viaje, trece pesos. Limpios y llenos, me recordaron los grandes camiones de Hermosillo donde subir en el centro era un pleito de manotazos y empujones, quedarnos era un sauna ardiente, y para bajarnos sólo había qué gritar ¡BAJAN! y se detenía donde estuviera, sin paradas preestablecidas. Y yo le pregunté al chofer del camión acapulqueño “¿cómo dicen aquí para bajar?” y él con risas me dijo “aquí me bajo” y nada más. Me dio risa su risa, qué recuerdos me trajeron esos ruidosos super camiones. 


8 comentarios:

  1. Acapulco es un lugar mágico. Al leerte me dieron ganas de ir al puerto.

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  2. Que tal las artesanías Made in China! Se me antojo la comida, que rica, que sencilla y la contemplación del mar!!!!
    Que lastima lo del demasiado ruido. No se puede conversar.

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    1. De verdad es una lástima ver cómo ese gigante de la economía ha desplazado a miles de artesanos en el mundo, y nuestro país no es la excepción.

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  3. Lindo viaje Anna , Acapulco es l
    a belleza en todo su esplendor..Lleno de contrastes . Sin embargo, estos se pierden en medio de la algarabía y creatividad de su gente para sobrevivir. Artesanos,excelentes cocineras. Playas inolvidables , impactantes puestas de sol que nos hace agradecer a la suerte que ,tuvimos de nacer. Y sin reparo recuerdo mis continuos viajes con mis padres y hermanos . A veces viajando en el camión tres estrellas. Y transportandonos en los camiones acapulqueños que ,entonces,significaba toda una aventura. En fin Acapulco es todo un descubrimiento maravilloso para Emi y para ti . Sigan disfrutando ,les envío un abrazo grande desde el volcán.

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    1. Qué lindo que fuiste a Acapulco de niña y que mi crónica te haya despertado esos lindos recuerdos. Un fuerte abrazo, Alicia.

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  4. Me.encantó leerte. Me saboree también

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    1. Encantada estoy de que los momentos que viví los repliquen mis lectores como tú.

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Y tú ¿qué opinas?