sábado, 28 de marzo de 2026

Casi arrastrada por el mar de fondo, el verdadero descanso y el shock del clima. Visita a Acapulco con Emiliano 4

La realidad está lejos de las imágenes preconcebidas. El deseo de meterse al mar es común entre quienes vivimos fuera de la costa. Es otro idilio con la naturaleza que nos han inventado e introyectado como sinónimo de relajación, tiempo libre de ansiedad y con plenitud vital. 

Entonces ir a Acapulco significa pasársela en la playa, bañados por las olas suaves, dejarse arrullar por el rítmico sonido y estar en contacto con la arena, que es el polvo del mar. En la práctica, eso resultó harto difícil. 

Emi frente al "mar de fondo" en Acapulco.
Atrás, la gran bahía y sus hoteles. 

El primer día en Acapulco en la tarde, no vimos ni escuchamos el mar hasta que llegamos casi frente a él. Una vez dejadas las cosas en el hotel, nos fuimos a buscar una entrada a la playa, pues la Costera estaba toda llena de antros cerrados, sin ningún paso abierto visible. A la puerta de un bar inactivo vi elementos de la Guardia Nacional (decía su nombre en su uniforme), hombres y mujeres, y les pregunté que si dónde habría una entrada a la playa. Ellos me señalaron ahí mismo, entre las sillas levantadas, sin paredes y solo barandales, el camino hacia unas escaleras abajo, de madera oscura y ruidosa tratada con asfalto, que fue como descender con descansos un piso y medio de una casa normal. La vista era impresionante. El mar lejano estaba bastante tranquilo, aunque grandes olas se formaban muy cerca de la orilla. Y en la arena clara, unos cuantos vasos rotos de plástico nos avisaban que a pesar de la mucha limpieza que siempre se realizaba, quedaban restos de actividad humana irresponsable en sus orillas. La gran bahía enmarcada por grandes hoteles, y en las orillas en algunas partes, se veían rocas o conjuntos de grandes rocas, ahí las olas se estampaban antes de acercar suavemente sus aguas a la playa. 

Entendí por qué es tan visitado, la amplitud del trazo de la bahía es impresionante, aunque también lo son la altitud de los cerros que se veían también urbanizados: en el lado del este de más altos edificios y grandes mansiones, y en su parte del oeste, casas de colores, de todos tamaños. 

Me extasié con el ruido de las olas. Me acerqué al mar en un tramo de la arena mojada que creí seguro, vi cerca de mí cómo se alzaba una ola que se iba haciendo cada vez más grande y cuando extendió con fuerza su brazo hacia la arena me alcanzó las piernas, mojando mi bermuda hasta la parte inferior de mi morral donde traía mi cel, cartera, diario… Me sostuve de pie, regresé rápido casi a gatas hasta la orilla seca, de gusto y miedo me dio risa.  Emiliano sólo me vio, prudentemente resguardado. Así alcancé a librar el embate de la segunda ola que ya estaba abriendo sus fauces para llevarme con ella. Fue cuando supe en carne propia lo que significaba “mar de fondo", que se suponía había llegado en el puente vacacional que acababa de pasar y por lo visto todavía no se aplacaba. 

Después de caminar un poco y observar cómo estaba la parte trasera de muchos de esos antros cerrados, casi al anochecer, procedimos a subir de nuevo hasta la Costera. Ahí vi sentados en los barandales oscuros mirando sus celulares a los elementos de la Guardia Nacional. No se percataron de mi casi accidente, no me hizo falta, qué bueno que no me pasó nada. 

Frente a nuestro hotel estaba Playa Condesa, después hacia el norte la Playa “El Morro”, que vimos luego que tenía el mar muy bonito y estaba lleno de niños, pues ese “Morro” o roca gigante, aplacaba las grandes olas y solo dejaba pasar suaves corrientes de agua. Luego venía la Playa Papagayo, donde comimos un día y que también tenía olas chicas, con rocas que calmaban la energía del Océano Pacífico casi ecuatorial. 

Con la primera experiencia no regresamos al mar en los días siguientes. Sin mar al cual asistir, nos quedamos en el hotel y solo salimos a dar paseos cortos. Frente a la alberca, entendí cuál es el verdadero descanso: dejar de hacer, cambiar de rutinas, tener ayuda. Ya no limpiaba nuestra vivienda, ni salía de compras paseando al perro, cocinaba, resolvía problemas o salía en el carro a nadar. Fue difícil asumirlo porque esas actividades no me disgustan, pero en realidad sí terminó siendo un alivio. El hecho de tener quién cocinara y me sirviera y no hacer otras cosas, fue una novedad, nunca me había liberado de esos quehaceres por completo. Entonces comprendí lo que significa vacacionar en su amplia extensión de la palabra. 

Relajación con alberca, sin vista al mar. 

El último día, vimos cómo se había calmado el mar y nos aventuramos un poquito a caminar hacia nuestro hotel por la playa, pero entre el Morro y la Condesa, una ola inesperada (parece que todas lo son en Acapulco) me mojó el short y mis sandalias, a Emi sus únicos tenis y pantalones que ya se había puesto para subirse al camión. Ahí vi con envidia a dos nadadores de aguas abiertas, entrenando, con su boya reglamentaria que se amarran al cuerpo. Y también observé a un buzo que solo con su careta, snorkel y aletas, se aventuraba a las rocas para sumergirse a ver las maravillas del mundo marítimo. 

Luego vi caminar con solo una camiseta encima y shorts mojados, a una de las nadadoras por la glorieta de la Diana, cargando su boya. Quizá iba a su casa cercana, o al camión o a su coche, no sé, pero apenas así capté cómo me podría bañar en el mar acapulqueño, sin cosas qué dejar en la orilla (porque de seguro alguien se las llevaba) y teniendo algún lugar cerca en dónde resguardarme. Yo no podía dejar a Emi solo con mis cosas y meterme al mar, y él no quería meterse por lo fría que decía que estaba. 

Luego vivimos el shock del clima. Al subirnos al camión para regresarnos a Querétaro, el camión tenía prendida al máximo (o así me pareció) su refrigeración. Y así estuvo todo el camino de regreso. Emi se puso sus bermudas porque era lo único seco que traía, así como las sandalias. Sufrimos frío, yo aún con mi chamarra de algodón y pantalones de mezclilla. Tuve que tapar a Emi con su toalla, afortunadamente seca, en las piernas y pies, para que pudiera estar un poco más abrigado. Todo el regreso estuvimos ateridos de frío. Y al llegar a Querétaro, a las 4 de la mañana, creí que afuera —como me pasó en Chilpancingo y en Cuernavaca— se me aliviaría el frío, con clima más templado. 

Salimos y nos dio en la cara una temperatura aún más baja, aproximadamente 8 grados. Entendí que después de cuatro días nos habíamos acoplado a los 30 grados del día, con poquito más frío en la noche por el aire acondicionado, pero nada qué ver con el Querétaro azotado por una inusual onda fría primaveral.  

¿Y de la contaminación? El mar olía bien, se veía transparente y no había reportes de suciedad en el agua. Mi papá me había dicho, ensalzando la pureza del mar de Bahía Kino,  que el drenaje de la población en muchas ciudades costeras mexicanas, como Acapulco, se vertía al mar. Y eso yo lo vi en Zihuatanejo la vez que fui. En Acapulco vi un arroyito de aguas medio apestosas pero cristalinas que se vertía al mar, en canal saliendo de debajo de la glorieta de la Diana. En el único periódico local que compré, en una nota, decían que ese vertedero era un arroyo con agua limpia que venía de la Sierra. Pero por las dudas nos cuidamos de tocar esa agua sucia y al parecer la gente que rondaba la playa se cuidaba de lo mismo. 

Quién sabe si en la semana santa que viene vuelva la Profepa a definir a la playa Papagayo como un lugar no apto para inmersión de turistas, como otros años. O quizá ya no la contaminan tanto, dicen que las autoridades sí están tomando cartas en el asunto. Ojalá sea cierto. 


2 comentarios:

  1. Magnífico Anna. Detalles que parecen insignificantes cobran tal importancia que te detienes a reflexionar los...

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