miércoles, 16 de noviembre de 2022

DURANGO, LOS ALACRANES Y EL PASEO DEL VIEJO OESTE. Ecos de mi viaje noviembre 2022.

 

Yo le había dicho a Aída que cuando fuera a Durango me iba a comer un taco de alacrán, medio en broma y medio en serio. Pues si,  había un puesto de tacos de carne asada (claro que no podía faltar, ¡ya estábamos en el norte de México! ) que también preparaba tacos de alacrán.



Antes, me había tomado una foto con un atractivo vaquero que me sorprendió porque sacó su pistola sin preguntarme si estaba de acuerdo o no.

Déjenme platicarles antes porqué estuvimos en Durango.

En este viaje a mi ciudad natal, hice cambio de ruta terrestre: tenía toda mi vida (en viajes cada seis meses o cada año) transitando a Hermosillo vía Guadalajara, a excepción de una ocasión que se me ocurrió ir por Chihuahua, así también, para variar.

Por eso me decidí en acudir vía Durango-Mazatlán-Hermosillo, para conocerla y pasar por estados y ciudades con los que no estoy familiarizada y a los que rara vez acudo.  Durango no conocía, a Zacatecas había ido una sola vez y a San Luis Potosí también, cuando fui de paso rumbo a la Huasteca.  

No me metí a las ciudades, y de la inseguridad de la que tanto se publicita sobre todo en Zacatecas, me di cuenta por la gran presencia y  movilidad de elementos de Guardia Nacional circulando por la carretera; en un retén, de los dos que pasé en ese estado, un muchacho con uniforme de Guardia me pidió amablemente mi licencia de conducir, luego de preguntarme de dónde viene y a dónde va. Le dije mis planes para ese día, pues contestar esa pregunta en relación con mi vida entera se me hubiera hecho muy difícil.  Me alegró darle un uso a mi licencia  porque casi nunca me había hecho falta.

Así, fuimos a Durango desde Querétaro en un solo día. Tras nueve horas de camino llegamos a la ciudad que me dio más aires norteños que del centro de México.  Ahí descansamos en un céntrico y económico hotel,  y al día siguiente fuimos al famoso Paseo del Viejo Oeste, un set cinematográfico de infinidad de películas de vaqueros del oeste tanto mexicanas como norteamericanas, situado a 14 kilómetros de la ciudad. El costo de la entrada fue bastante económico, tomando en cuenta el pase gratuito a personas con discapacidad como Emi, y un 50% de descuento a las de tarjeta INAPAM, como la que acabo de adquirir, es decir, solo pagamos 35 pesos.



El lugar es espectacular, ambientado en tres modos diferentes los ambientes de las películas western: las del pueblo yanqui del siglo antepasado, con cantinas,  banco, los restaurantes, la central de carretas con caballos, el post office, todo de madera crujiente.

 La del pueblo mexicano, con tres pequeñas cuadras que escenificaban la casa de hacendado con sus dos pisos y su fuente, la casa de adobe descarapelada, la casita del campesino llena de aditamentos de arado y flores al frente, el banco y la iglesia católica-española. 



Los responsables de las tiendas y otros habitantes del pueblo (que resultaron ser actores de los sketches),  andaban ataviados con vestimenta típica vaquera, mexicana antigua o indígena del norte de América.  




Ahí me tomó Emi la foto con el guapo empistolado, que sin preguntarme me pasó la mano por los hombros y con la otra sacó una pistola grande, de utilería, que me sorprendió y me dio risa.


Y finalmente, el espacio  de los indios, lo más cliché de lo salvaje, lo oscuro, con ahorcados de juguete posando en la entrada, osos y pumas de utilería en actitud de ataque, ofrendas más parecidas a la santería con incienso…. y su sonido de tambores y de rugidos de tigres accionados por actores muy morenos disfrazados al estilo de los apaques, comanches y demás indios del norte de América. Como vivienda, se aposentaron los famosos huipis blancos, como un asentamiento provisional. Tal parecía que en esa área dedicada a los indios ingresabas al espacio donde accionabas tus propios miedos más profundos,  lo primitivo y a la vez donde estaban más elementos de la naturaleza integrados a la vida cotidiana de los primeros pobladores de América.  Qué decir que las mejores y más bonitas artesanías estaban  en esta sección.



Desde media hora antes de la hora establecida para el inicio,  las maderas apostadas a lo largo de la calle principal del pueblo yanqui estaban ocupadas por los visitantes que, aleccionados a no atravesar la polvosa calle ni a gritar o levantarnos de nuestros asientos, esperábamos ansiosos lo que a continuación sucedió: un desfile con las banderas de los comercios de artesanías, comidas y bares instalados en cada uno de las casitas de los tres espacios, todos disfrazados con ropa de la época, incluyendo las meretrices que salieron en llamativos atuendos rojos y negros.  



Luego, un sketch de media hora, que incluyó como uno de los personajes principales a un brujo indio con el mismo atuendo que Jhonny Depp usó en la película “El llanero solitario” de Disney,  llamado “Tonto”.  El sketch incluyó bandidos, indios, ladrones, dueña de banco, cajero y claro, un número tipo Can-can con las meretrices. Bien actuado y muy entendible el guión, hasta yo me reí.  También pasaron jinetes indios  y  carretas, todas jaladas por caballos. Me gustó que todos tuvieran micrófonos ocultos, lo que hacía que pudiéramos escuchar perfectamente los diálogos, así los disfrutamos tanto los que estábamos frente a los actores como los que apenas alcanzaron lugar al final de la calle. 

Nos dimos el gusto de montar un ratito a caballo, darle una vuelta al pequeño pueblo turístico-cinematográfico, al ritmo relajante de las cuatro patas que dan pasos seguros y rítmicos. Fue la primera vez que montaba desde hacía varios años y la sensación es única. Emi también disfrutó,  él acude a su equinoterapia en sus Manos Capaces una vez por mes.  

Yo le había dicho a Aída que cuando fuera a Durango me iba a comer un taco de alacrán, medio en broma y medio en serio. Pues había un puesto de tacos de carne asada (claro que no podía faltar, ¡ya estábamos en el norte de México! ) que también preparaba tacos de alacrán. Pedí explicaciones y me dijeron que asan uno y lo ponen, sazonado y con limón, encima de un taco de carne asada. Me los mostraron de dónde los toman, vivos… una pecera con rocas, tierra y tronquitos secos, en donde los alimentan con grillos para tenerlos listos para el cliente. Solo de verlos caminar con sus pinzas y cola  levantadas, me erizó la piel de los brazos y de la cabeza y salí corriendo. Recordé las hordas de alacranes que como plaga aparecían en la casa de mi papá en Kino, o las dos veces que me picaron en Hermosillo. La primera ocasión, tenía yo nueve años, me puse grave y sin poder respirar bien durante un rato, pues no tenían antialacránico en el Seguro, a donde me llevó mi mamá.

 La verdad, la comida de ahí no se me antojó. Los recuerdos como llaveros, imanes  sí, pues estaban bastante económicos y eran muy vistosos, al parecer es el lugar donde tienen las artesanías y cosas típicas más baratas de Durango, por lo que pude comparar con el mercado Gómez Palacio (así se llama su mercado municipal) a donde habíamos ido a desayunar.

Nos invitaron los actores a esperarnos media hora más, pues en el área mexicana hacían otro sketch diferente. Nosotros teníamos una cita con la nueva carretera (nueva es un decir, ya tiene diez años pues se inauguró en 2012) panorámica y acorta-tiempo Durango Mazatlán, de la que tanto había oído hablar. Salimos de ahí contentos y listos para continuar nuestro camino.

Íbamos a transitar la espectacularidad en caminos, más emociones para ese día nos aguardaban. Pero eso es para la próxima entrega.

2 comentarios:

  1. Es un deleite leer a Ana Georgina quien con su grata y amena descripción te transporta al lugar y evoca sentimientos .Gracias querida Ana por compartir!
    Saludos
    Veronica Zepeda

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  2. Genial Ana, me hiciste compartir tu viaje!!! Emi debe haber estado feliz!!!!

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