lunes, 27 de julio de 2015

Leer a Anna Georgina St. Clair es introducirse a un tobogán del cual no nos arrepentiremos de habernos subido (comentario a "Tacones en el Jardín").



Por Pina Saucedo*


Conocí a Anna St. Clair un verano, no aquí, no en este siglo. No en una fiesta ni en la escuela. La conocí en algún lugar buscando notas para un periódico. En Hermosillo fue, sin embargo. Desde entonces, un ala de mi cometa imaginario ha volado con ella y quizá está de más que lo diga, pero somos amigas desde siempre, desde antes de conocernos.
Pina Saucedo junto a la autora, en el ITG.

Viene esto a colación porque sucede que hoy debí hacer una presentación formal de su obra. Un escrito que no fue posible. ¿Por qué? ¿burocracia?, trabajo arduo?, ¿noches llenas de trabajo que me llenan la agenda? ¿Días en los que no llega el agua a la tubería de la casa y hay que esperar a que llegue y hacer más alta la montaña de ropa sucia y eso nos estresa porque representa un pendiente extra y nos da menos posibilidades de redactar un buen texto? ¿O es simplemente que no soy la que quisiera ser: esa crítica que puede hablar con fluidez y llenar páginas y páginas para hablar del escritor de visita y atinar en mis comentarios o dar más luz a su obra? No lo sé. Sólo puedo afirmar con honestidad que estoy feliz de que Anna Georgina St. Clair se encuentre aquí, a un lado mío y que su motivo sea para algo parecido a repartir dulces en una piñata, cerveza en una carne asada en un día caluroso, un trozo de pan cuando el hambre nos hace casi desfallecer, la medicina que alivia nuestro dolor insoportable; pues viene a compartir su obra, lo que hace con sus manos, su corazón y su mente, eso que le quita noches de sueño, pero que a cambio le regala las más gratas satisfacciones: hacer lo que sabe y que más le gusta hacer: escribir, vivir, compartir eso que vive.

Es obvio entonces que al no tener elementos para dejar en esta página el texto que su espacio espera, tendré que aventarme un rollo que no sea suficiente para complacer a los asistentes. Sin embargo, me disculpo por esa falta y prometo que quien se asome a los textos de Anna se convertirá en un pasajero más en el vehículo por el cual nos lleva a pasear, como el de Catalina, personaje femenino en la novela Tacones en el Jardín, quien desde su bicicleta, nos lleva por distintos sitios de una de las ciudades más calientes del mundo y su modo de vivir nos hace partícipes de todas las batallas tiene que enfrentar una reportera con un sueldo miserable, al tal grado que sobrevive “a costa de sus amigos que a regañadientes no le cobraban renta y no le decían nada cuando tomaba de su comida” Y sin embargo es también la chava cuya mente “estaba en la calle, en lo que pasaba todos los días en las manifestaciones, con lo que pensaban los funcionarios y lo que pasaba en su periódico..."

"Despertó tarde. Carlos y Gisela ya se habían ido a trabajar. Como siempre, dejaron el lavatrastes limpio y el refrigerador lleno. Tomó agua de la llave con un vaso todavía húmedo, decidió bañarse ahora que no estaban. Últimamente se sentía mal de estar allí, pues Gisela le reclamaba no aportar a la casa. Y es que no tenía nada qué dar, y cuando traía dinero, lo usaba para comer o para comprarse libros. Pero estando sola, podía utilizar el shampú que olía a manzanas y el jabón de baño que dejaban ahí.

Jamás pensó que algo así podría cobrarse, aunque en los últimos años había visto a su mamá cobrar renta. El salirse de su casa había sido un gesto de dignidad contra sus padres, pero hasta ahora que vivía aparte consideró que debía comprarse sus propios productos de higiene y hasta su desodorante y perfume, acostumbrada como estaba a tomarlos del baño de su mamá cuando ella no estaba..."

Ese simple fragmento me hizo recordar el lado más frecuente de los humanos. Quién no ha sentido la necesidad de comprar un jabón de baño, un champú o hasta una pasta dental? En ese detalle giró mi mente cuando leí esa novela y tuve la sensación de querer abrazar a ese personaje que tan fielmente nos retrata.

Sobra decir que ese no es el tema de esta novela, pero quise dar una probadita de esta novela que en realidad nos podemos leer en una sentada, así como lo hice mientras esperaba en la sala de Urgencias de un hospital.

Sólo agregaré que acercarse a leer a Anna Georgina St. Clair es introducirse a un tobogán del cual no nos arrepentiremos de habernos subido.

Gracias, Anna, por haber regresado a este lugar y regalarnos la posibilidad de vivirlo.



Auditorio del Instituto Tecnológico de Guaymas, Sonora. Miércoles 25 de marzo del 2015.
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*Pina Saucedo. Periodista, poeta, fotógrafa y escritora.  Responsable del Departamento de Comunicación Social del Instituto Tecnológico de Guaymas. 

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