Ahora sí, hijo. Guarda la cámara y nada de fotos porque esto se está poniendo difícil. Eran las dos y media de la tarde y enfilábamos rumbo a Nacozari. Las suaves pendientes se convirtieron en colinas más escarpadas. Nunca apareció ni un pino, ni un cedro a pesar de que lentamente íbamos subiendo. Parecía que el desierto dominaba hasta en las montañas, o lo más parecido a él, el matorral bajo.
Pasamos por Cumpas y no vi el famoso Moro, inmortalizado en una estatua ecuestre, dicen, a la entrada del pueblo. Me urgía llegar aunque sea para dar un vistazo de día al pueblo minero. El camino estaba excelente, muy bien asfaltado y sin ningún bache, a diferencia de lo que tuve qué sortear entre Mazocahui y Huépac, lo peor entre Baviácora y Huépac.
Mientras manejaba, comimos la botana que compramos en Baviácora, bebimos el agua adquirida en Moctezuma y aspiramos el aire que cada recoveco del camino nos traía, cada vez más liviano y frío.
Recuerdo haber dado vuelta en una curva y ver una bola gigantesca de piedra en la parte superior de un cerro, pegado a la carretera. Los destellos rojizos me decían que entraba en otra parte del estado, riquísima en minerales y de sus respectivos saqueadores desde el siglo antepasado.
Entonces las montañas y sus laderas siguieron siendo rojizos, haciendo más pronunciado el contraste con los verdes matorrales, los infaltables mezquites y el zacatito verde claro que por doquier se asomaba, agradecido de las lluvias otoñales. Pero nada de fotos, estas curvas están de miedo, hijo. Pásame unas papitas mejor, y el té frío empacado con limón.
Lo que más me sorprendió fue la cantidad de camiones de carga que había, de ida y de vuelta, además de pickups oficiales de diversas dependencias federales y estatales. Si los lugareños tenían autos, de seguro estaban estacionados en sus casas o en sus lugares de trabajo. Creo que fui la única turista en muchos kilómetros a la redonda en ese miércoles cualquiera de octubre.
Cerros rojos cortados en sus cumbres, con tierra amarilla apilada en sus laderas me dijeron a lo lejos que ya estaba llegando a Nacozari, además de un mayor tráfico de camiones de carga, vacíos o llenos.
Entré a la derecha, un monumento a un minero con un carrito de rieles lleno de piedras, en formato que por lo menos brillaba como el cobre, me indicó que estaba en el famoso pueblo minero, origen de mi familia paterna y de donde mi padre y abuelos me dejaron incontables y tiernos recuerdos de su infancia, acaecida en un pueblo que ya está abandonado, cerca de ahí, Pilares.
Con la ayuda de las indicaciones de unos muchachos, que otra vez me dicen que se va derecho, al topar con pared da vuelta a la izquierda, sigue hasta encontrar el centro, pude llegar a la plaza principal. Ya el pueblo era de otro tipo, con casas que tenían tejados de lámina en v estilo gringo o de pueblo donde neva, hace frío y mucha lluvia y casi nada de sol.
El centro era el mismo que recordaba cuando lo visité hace treinta años, con su jardín que enmarcaba una máquina 501, la que corrió por Sonora por eso los garroteros el que no suspira llora.
Dos grandes construcciones con techo en v, forradas de piedra y con grandes porches, albergan uno el museo, el otro el H. Ayuntamiento del pueblo. La cuadra larga que le da aire al centro, tiene además un bello obelisco en donde descansan los restos de Jesús García, un bellísimo kiosko de hierro y metal forjado, lleno de arabescos y dotado de preciosos escalones en redondel y una fuente -vacía- con la escultura metálica (¿cobre, bronce, estaño repujado?) de unos niños asomados al agua, jugando. ¿Realmente será seguro que jueguen en el agua de cualquier estanque de por ahí?
Me fijé en el edificio que después supe era el museo: "Grupo México rehabilita la Casa de Nacozari". Muchos albañiles, un plástico que impide la salida de los polvos de la construcción, movimiento.
Fui a buscar a un pariente lejano, no está, me dijeron en la presidencia. Lo ubiqué y platicamos rápido, yo quería conocer a sus padres. No se puede ir hasta su colonia, me indicó, hay varios retenes para llegar y no vas a poder pasar. Sí, retenes militares o policíacos, nunca supe bien, cercan las colonias aledañas a la mina, muy cerca ya del pueblo.
Fui a un hotelito que me indicaron sería apropiado para nosotros, me perdí en cuadra y media pues las indicaciones otra vez fueron vagas y referidas a elementos que yo no reconocía, claro que sin decirme nombre de las calles, pues casi nadie se las sabe.
Allá abajo está el cronista del pueblo, puede ir a visitarlo, me dijeron, ojalá y la pueda atender, a veces se pone malito.
Dejé a Emiliano emocionado por cambiar de posición corporal frente a una tv con cable, y me fui a platicar con el cronista, que resultó ser el presidente municipal que andaba buscando, que entrevisté cuando fui a Nacozari a una huelga en 1983, don Constantino Romero. En ese entonces él se acordaba de mi papá, de mi familia, me dio bastantes datos y me comentó incluso de una huelga acaecida en 1978.
De nada de eso de acordaba, ni siquiera de mí. Ni de la huelga del 1983, ni de la 1978, ni de mi papá. Si recordaba que había sido presidente municipal en ese entonces, y regidor muchas veces más.
¿Hay alguna publicación que precise los acontecimientos históricos recientes de Nacozari? Tengo textos, me dijo, una cronología. ¿Y fotos? Están en resguardo con el Grupo México, encargado de remozar nuestro museo. ¿Y quién me puede platicar de la huelga en donde yo reporteé? No creo que gente del sindicato o de la mina, pues tienen miedo, los que se puedan llegar a acordar. De la que sí se acordaba era de la huelga del 68, ¿no será de esa que se refiere?, que duró dos años, protagonizada por Cota Sáenz, comunista de Cananea. Al final, agarraron a los revoltosos, se los llevaron y apenas así se pudo terminar la huelga que le dejó mucho daño al pueblo. Desde entonces, me dijo, la minera (Grupo México) ya no contrata como mineros a gente de aquí.
Pero ha puesto tiendas, le alegaron su esposa e hija, y son tiendas que están dondequiera, mucho más baratas que Soriana y Santa Fé. Hasta aceptan como pago los vales que les dan a los mineros.
¿Qué memoria puede tener un pueblo cuando su historia y los papeles que la recuerdan están en manos de la compañía que le da empleo a la mayoría de los fuereños, y es la que extrae millones de dólares al año de mineral para cubrir la necesidad mundial de cableado y electrificación?
Resultó que una prima de la esposa de don Constantitno, está casada con un medio tío segundo mío. Su cara se dulcificó y casi nos sentíamos parientes. ¿Por qué no nos avisó con tiempo que venía?, me dijo mientras apoyaba a su esposo con los recuerdos y comentarios.
Comentó que cuando fue encargada del DIF, abrió un CAM (escuela para niños con necesidades de educación especial) en Nacozari y que batallaron mucho para sacar a los niños de sus casas y convencer a las familias para que los llevaran a la escuela. Ese CAM, me dijo, tiene cerrado año y medio y los niños especiales se quedaron sin atención. Claro que platiqué mi situación en relación con Emiliano, lo que he vivido y los logros que hemos tenido.
Con mucha pena empecé a bostezar y sentir el peso de los más de mil metros de altura, así como las siete horas de camino y me fui a descansar, no sin recibir las buenas vibras, las risas y recuerdos que se volvieron personales con esta familia adorable. Cuando salí, cerré mi chamarra hasta el cuello. Volteé hacia arriba y ellos me despidieron en mangas de camiseta: lo que es vivir en el paraíso climático, pensé.
Hubiera querido una chimenea como la que construyeron mis abuelos en su casa de Hermosillo, pues no se me quitó el frío en toda esa noche.
Otros espacios virtuales:
- Mis pinturas: las colecciones y pinturas que estoy creando.
- Libros y más, para compartir contigo
- Goodreads: página social con mis libros y con opiniones de libros que he leido.
- Deviantart: espacio virtual de publicación de pinturas.
- Spotify: mis listas de música.
- Youtube: algunas entrevistas, videos propios y ajenos.
- Instagram: dedicado sobre todo a procesos de encuadernación.
domingo, 25 de octubre de 2015
sábado, 24 de octubre de 2015
Viaje por la sierra sonorense: Parte Uno. Despertar de mi regionalismo.
Fue un repaso de los caminos frecuentados de niña, cuando Sonora se me hacía chico y grande a la vez. Fue un despertar del regionalismo, una cercanía a mis orígenes, una necesidad viva, apremiante, de oler ese aire puro, ver las montañas suaves y caminar esos rumbos que recorrí en la semiinconciencia cuando mi Papi manejaba, mi papá manejaba, don Norman Krekler manejaba, el chofer del autobús manejaba, y yo usaba las lejanías para descansar de los conflictos familiares, de las rutinas laborales, de las escuelas que muchas veces me daban tiempo de más, entre vacaciones y puentes y huelgas.
Treinta años hacía que yo no recorría los caminos de la sierra sonorense, aunque me llegaban hasta Querétaro noticias escalofriantes, como el derrame del vertedero de la presa de Cananea y sus nefastas consecuencias en el Río Sonora.
Me adentré al camino rumbo a Ures y la función de los recuerdos no fue necesaria, pues todo estaba igual como hacía treinta, cincuenta años, quizá con el agregado de las televisiones de pantalla plana y los anuncios de telcel en los restaurantes del camino.
Se sirven los mismos menudos, pozoles y tacos de carne machaca. El mismo café y se venden los mismos coricos, coyotas y jamoncillos. La gente es igual de amable y platicadora que como la recordaba tristemente cuando, ay, trataba de trabar comunicación con ALGUIEN en el atestado e indiferente metro defeño.
Es cierto, las muchachas y mujeres siguen siendo bonitas, también los hombres, qué diré, hombrones con los que tropezaba cada rato en mi camino al carro. Dios mío, dirían mis amigas queretanas, ¿por qué me hiciste mujer?
Transité por el camino a Mazocahui, unos cerros impresionantes nublaron mi atención y mi apremio hacia ellos, allá mijito, toma esas montañas, ¿las ves? traen un río abajo, alamos a los lados, ahí se ve un poco soleado, así Emiliano, muy bien. Y me fui de paso... Emiliano estrenó por su cuenta mi cámara y andaba maravillado con ella una vez que aprendió a usarla. Y yo maravillada con su asombro, asombrada con su descubierto gusto por ver en dos dimensiones el objeto de su preferencia: señales de curva, unas piedras, ramas, chiles puestos a secar, vacas, potrillos con sus madres, un sonriente muchacho desde un segundo piso de madera...
Dicen que no existen las casualidades, ¿será? Llegué a Baviácora, recordé el puente y la entrada al pueblo, que me pareció pequeña... Ahí recordé el verano de 1976 cuando acompañé a Mindita, mi querida tía, a sus prácticas de servicio social que realizó por conducto de la SARH. Me encantó que todos los pueblos de la ruta del río Sonora registren en su señal metálica su nombre y fecha de fundación, todos alrededor de 1600... Me gustó la carretera curveada, con pocos baches, cosa que en cada pueblo me lo recordaba el letrero de que el gobierno federal había rehabilitado 1315 km de caminos locales. ¿Será que les duele la conciencia de ver cómo se deterioran los bienes naturales (pozos, tierras de cultivo, personas) merced a los desafortunados escurrimientos mineros? ¿Que no hallaban qué hacer para paliar tamaño desastre ecológico y lo primero que se les ocurrió fue arreglarles las carreteras?
En Baviácora me detuve a tomar fotos, y un señor de edad corrió, pese a su cojera, gritándome de lejos, para ofrecerme salsa de chiltepín y miel pura de abeja, de una mesita que tenía al otro lado de la calle principal. Era tal su insistencia que no pude seguirlo viendo: no podía gastar en comida un dinero que no sabía si me alcanzaría o no para el viaje que tenía planeado. Emiliano se asustó y se encerró en el carro, yo lo tranquilicé al tiempo que le suplicaba me abriera, mientras el señor seguía insistiendo.
Lllegamos a Huépac, que había propagandizado en todo el camino unas carreras parejeras de caballos, con pósters estilo grupos norteños, muy coloridos, lástima que hacía una semana se habían llevado a cabo... Pero algo me dijo que , además de tomar fotos y descansar mis ojos en los increíbles paisajes que la afectada tierra me ofrecía, debía revisar el mapa. Según mi poca lógica mapística, si seguía derecho, llegaría a Moctezuma para torcer hacia mi primer destino. El mapa me dijo que estaba lejos de donde quería llegar, que si seguía derecho llegaría hasta Cananea...
Regresé más apurada que cuando salí, ya era la una de la tarde y la carretera mojada me anunciaba que las estupendas nubes blancas y grises habían dejado su cargamento mientras yo me alejaba al norte... Me tocó un poco de lluvia fresca y el pavimento ligeramente húmedo, sin quererse secar pues en la sierra no pega el sol, no se seca todo en la primera hora, llueve ligerito seguido y la gente anda más en la calle.
Al regresar a Mazocahui (tierra del famoso ladrillo rojo, grande, resistente y de extremada dureza) me di cuenta que por estar viendo los cerros entre las nubes, no vi el letrero que desviaba hacia Moctezuma, puerta de entrada para el segundo camino que abre al norte entre la sierra sonorense.
En el camino que sí dio más curvas y subidas y bajadas, avizoramos otro río, muchas veces habitado, ahora sí, por vacas que tranquilamente hacían lo que saben hacer. Me detuve para dar raite a una pareja de personas locales que iban a Moctezuma, y su susto fue mayúsculo cuando paré el carro a media carretera, que estaba vacía, para tomar una rápida foto de la visión que teníamos del pueblo entre las montañas. ¿Por qué no ponen miradores en los lugares que abarcan esplendorosamente panoramas épicos y poco comunes? Turismo estatal debería sacar mejor provecho de esos panoramas grandiosos que todos los turistas queremos mantener en nuestras cámaras, tomarnos la selfie obligada, o la parejera, o la grupera.
Pero nada de eso se podía hacer, las caras de los serranos manifestaban asombro y preocupación, habían cambiado radicalmente de opinión cuando al principio alababan mi pericia para atacar las curvas, "y eso que es mujer". Bueno, me dije, es hora de continuar el camino, no vaya a ser que se quieran bajar a media carretera.
Llegamos a Moctezuma y ahí empecé a conocer el lenguaje de los serranos: se va más allá, se da vuelta donde está la curvita, va a encontrar tierra y una casa blanca, más allá luego no se va a dar vuelta, sino antes... Mejor me llevaron a la salida del pueblo, ahí amablemente me dejaron y se regresaron al centro de su poblado. ¿Que si a qué nos dedicamos? A trabajar en los ranchos. ¿Qué hay en los ranchos? Vacas, caballos, siembra... La gasolinera tenía una tienda que en su interior guardaba un apartadito de farmacia, otro de ferretería, exhibía unas preciosas tehuas de números mayores a mi pie, y la nevera de las nieves Holanda, vacía: "tiene varias semanas que no vienen a surtirnos". Pero sí tenían coyotas, jamoncillos, cocadas, pan Bimbo, Cocacolas, cervezas comerciales y chicles.
Salimos luego al baño y la niña jubilosa nos cobraba, creo que éramos los primeros clientes que ella y su mamá veían en el día. Un letrero a un lado de la gasolinera me advirtió que no dejara ahí el carro todo el día.
Entonces nos enfilamos hacia Nacozari. La carretera estaba mejor que la de Hermosillo-Kino.
Treinta años hacía que yo no recorría los caminos de la sierra sonorense, aunque me llegaban hasta Querétaro noticias escalofriantes, como el derrame del vertedero de la presa de Cananea y sus nefastas consecuencias en el Río Sonora.
Me adentré al camino rumbo a Ures y la función de los recuerdos no fue necesaria, pues todo estaba igual como hacía treinta, cincuenta años, quizá con el agregado de las televisiones de pantalla plana y los anuncios de telcel en los restaurantes del camino.
Se sirven los mismos menudos, pozoles y tacos de carne machaca. El mismo café y se venden los mismos coricos, coyotas y jamoncillos. La gente es igual de amable y platicadora que como la recordaba tristemente cuando, ay, trataba de trabar comunicación con ALGUIEN en el atestado e indiferente metro defeño.
Es cierto, las muchachas y mujeres siguen siendo bonitas, también los hombres, qué diré, hombrones con los que tropezaba cada rato en mi camino al carro. Dios mío, dirían mis amigas queretanas, ¿por qué me hiciste mujer?
Transité por el camino a Mazocahui, unos cerros impresionantes nublaron mi atención y mi apremio hacia ellos, allá mijito, toma esas montañas, ¿las ves? traen un río abajo, alamos a los lados, ahí se ve un poco soleado, así Emiliano, muy bien. Y me fui de paso... Emiliano estrenó por su cuenta mi cámara y andaba maravillado con ella una vez que aprendió a usarla. Y yo maravillada con su asombro, asombrada con su descubierto gusto por ver en dos dimensiones el objeto de su preferencia: señales de curva, unas piedras, ramas, chiles puestos a secar, vacas, potrillos con sus madres, un sonriente muchacho desde un segundo piso de madera...
Dicen que no existen las casualidades, ¿será? Llegué a Baviácora, recordé el puente y la entrada al pueblo, que me pareció pequeña... Ahí recordé el verano de 1976 cuando acompañé a Mindita, mi querida tía, a sus prácticas de servicio social que realizó por conducto de la SARH. Me encantó que todos los pueblos de la ruta del río Sonora registren en su señal metálica su nombre y fecha de fundación, todos alrededor de 1600... Me gustó la carretera curveada, con pocos baches, cosa que en cada pueblo me lo recordaba el letrero de que el gobierno federal había rehabilitado 1315 km de caminos locales. ¿Será que les duele la conciencia de ver cómo se deterioran los bienes naturales (pozos, tierras de cultivo, personas) merced a los desafortunados escurrimientos mineros? ¿Que no hallaban qué hacer para paliar tamaño desastre ecológico y lo primero que se les ocurrió fue arreglarles las carreteras?
En Baviácora me detuve a tomar fotos, y un señor de edad corrió, pese a su cojera, gritándome de lejos, para ofrecerme salsa de chiltepín y miel pura de abeja, de una mesita que tenía al otro lado de la calle principal. Era tal su insistencia que no pude seguirlo viendo: no podía gastar en comida un dinero que no sabía si me alcanzaría o no para el viaje que tenía planeado. Emiliano se asustó y se encerró en el carro, yo lo tranquilicé al tiempo que le suplicaba me abriera, mientras el señor seguía insistiendo.
Lllegamos a Huépac, que había propagandizado en todo el camino unas carreras parejeras de caballos, con pósters estilo grupos norteños, muy coloridos, lástima que hacía una semana se habían llevado a cabo... Pero algo me dijo que , además de tomar fotos y descansar mis ojos en los increíbles paisajes que la afectada tierra me ofrecía, debía revisar el mapa. Según mi poca lógica mapística, si seguía derecho, llegaría a Moctezuma para torcer hacia mi primer destino. El mapa me dijo que estaba lejos de donde quería llegar, que si seguía derecho llegaría hasta Cananea...
Regresé más apurada que cuando salí, ya era la una de la tarde y la carretera mojada me anunciaba que las estupendas nubes blancas y grises habían dejado su cargamento mientras yo me alejaba al norte... Me tocó un poco de lluvia fresca y el pavimento ligeramente húmedo, sin quererse secar pues en la sierra no pega el sol, no se seca todo en la primera hora, llueve ligerito seguido y la gente anda más en la calle.
Al regresar a Mazocahui (tierra del famoso ladrillo rojo, grande, resistente y de extremada dureza) me di cuenta que por estar viendo los cerros entre las nubes, no vi el letrero que desviaba hacia Moctezuma, puerta de entrada para el segundo camino que abre al norte entre la sierra sonorense.
En el camino que sí dio más curvas y subidas y bajadas, avizoramos otro río, muchas veces habitado, ahora sí, por vacas que tranquilamente hacían lo que saben hacer. Me detuve para dar raite a una pareja de personas locales que iban a Moctezuma, y su susto fue mayúsculo cuando paré el carro a media carretera, que estaba vacía, para tomar una rápida foto de la visión que teníamos del pueblo entre las montañas. ¿Por qué no ponen miradores en los lugares que abarcan esplendorosamente panoramas épicos y poco comunes? Turismo estatal debería sacar mejor provecho de esos panoramas grandiosos que todos los turistas queremos mantener en nuestras cámaras, tomarnos la selfie obligada, o la parejera, o la grupera.
Pero nada de eso se podía hacer, las caras de los serranos manifestaban asombro y preocupación, habían cambiado radicalmente de opinión cuando al principio alababan mi pericia para atacar las curvas, "y eso que es mujer". Bueno, me dije, es hora de continuar el camino, no vaya a ser que se quieran bajar a media carretera.
Llegamos a Moctezuma y ahí empecé a conocer el lenguaje de los serranos: se va más allá, se da vuelta donde está la curvita, va a encontrar tierra y una casa blanca, más allá luego no se va a dar vuelta, sino antes... Mejor me llevaron a la salida del pueblo, ahí amablemente me dejaron y se regresaron al centro de su poblado. ¿Que si a qué nos dedicamos? A trabajar en los ranchos. ¿Qué hay en los ranchos? Vacas, caballos, siembra... La gasolinera tenía una tienda que en su interior guardaba un apartadito de farmacia, otro de ferretería, exhibía unas preciosas tehuas de números mayores a mi pie, y la nevera de las nieves Holanda, vacía: "tiene varias semanas que no vienen a surtirnos". Pero sí tenían coyotas, jamoncillos, cocadas, pan Bimbo, Cocacolas, cervezas comerciales y chicles.
Salimos luego al baño y la niña jubilosa nos cobraba, creo que éramos los primeros clientes que ella y su mamá veían en el día. Un letrero a un lado de la gasolinera me advirtió que no dejara ahí el carro todo el día.
Entonces nos enfilamos hacia Nacozari. La carretera estaba mejor que la de Hermosillo-Kino.
viernes, 16 de octubre de 2015
Viento
Un viento insistente
me aleja del mar
deja de buscar, me dice
agita las olas desesperadas
de dejar su espuma en la arena
y regresar.
me aleja del mar
deja de buscar, me dice
agita las olas desesperadas
de dejar su espuma en la arena
y regresar.
Nada puede contra mí
solo debes anclarte y esperar, agrega,
quizá mañana se calme el impulso
retome su paz la marea
o quizó zozobre los barcos
y en las profundidades
haga renacer la vida
como si fuera
el primer día.
Un atardecer solo para mí
pájaros luchando contra el viento
buscan refugio en las rocas
pájaros huyendo de los perros
y yo observo un atardecer
detrás de un alambre de púas
solo para mí.
solo debes anclarte y esperar, agrega,
quizá mañana se calme el impulso
retome su paz la marea
o quizó zozobre los barcos
y en las profundidades
haga renacer la vida
como si fuera
el primer día.
Un atardecer solo para mí
pájaros luchando contra el viento
buscan refugio en las rocas
pájaros huyendo de los perros
y yo observo un atardecer
detrás de un alambre de púas
solo para mí.
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